viernes, enero 23, 2026
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La justicia de los injustos

Cuando el silencio colectivo otorga justicia a unos pocos, es cuando debemos preguntarnos qué estamos haciendo realmente bien. La herida puede sanar, pero la cicatriz queda. Y en este país, donde los derechos parecen privilegios y las obligaciones son impuestas como si fueran deberes sagrados, todo se desdibuja.

Lo blanco es negro, lo justo se vuelve cómodo, y es ahí donde debemos alzar la voz y el corazón para actuar y tomar el primer paso,  aunque eso signifique renunciar a la paz de nuestra zona de confort. No, no todos pueden. No todos leen. No todos pisan —ni pisarán— una universidad en su vida.

Y supuestamente, eso es un privilegio. Tal vez lo sea, incluso bajo una educación deficiente, con ese discurso bastardeado que repite que el sistema no es el problema, que el alumno aprende si quiere, que todo depende de la voluntad. Suena como aquella frase violenta y cínica: “el pobre es pobre porque quiere”. Claro, fácil decirlo desde una cuna de oro, en la última habitación de un castillo donde las sobras de sus banquetes caen a los perros. Y entonces vuelve el eco de aquella frase de María Antonieta: «Qu’ils mangent de la brioche», que traducido es “que coman brioche” como si eso resolviera el hambre del pueblo. Hoy podríamos traducirlo como un moderno «Qu’ils achètent du pot-au-feu»,«que compren puchero», dicho desde alguna butaca blindada por la ignorancia selectiva de la elite.

¿Es momento de una nueva toma de la Bastilla? Tal vez no con piedras ni antorchas, sino con palabras, con ideas y con acción. Pero solo será posible si nosotros, los supuestos “privilegiados” por poder estudiar, comprendemos que el acceso a la educación no es un lujo: es un derecho. Y que ese derecho se defiende ejerciéndolo, usándolo para algo más que acumular títulos.

Levantemos nuestras voces. No por romanticismo, sino por conciencia. Por responsabilidad. Porque allá arriba, donde las decisiones se toman con trajes planchados, nadie ha sentido la incomodidad del hacinamiento en el transporte público, del aula que se cae a pedazos, del salario que no alcanza ni para nuestras necesidades básicas. El sistema está roto. Y nosotros, los que supuestamente representamos “el futuro del país”, seguimos subsistiendo con sueldos ínfimos, en academias doblegadas, con prácticas podridas que siguen premiando al servilismo y castigando la crítica. Pero igual, si no estudias, es “porque no querés”.

Rechacemos ese cinismo.

Escribamos. Gritemos. Hagamos ruido. Desde donde podamos, con lo que tengamos. Porque nuestra queja no es capricho: es memoria, es resistencia, es palabra prestada por quienes no pueden hablar

 

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