La fiesta sorpresa estaba preparada. Los amigos, familiares y compañeros de colegio y facultad, en síntesis, todos los allegados de Tamara, estaban contentos con la organización de la fiesta. Ella cumplía sus 20 años; era la más mimada de la casa, muy apreciada por sus amigos y la más condescendiente entre sus compañeros de facultad. Era quien siempre solucionaba los problemas y ayudaba en las tareas más complicadas.
Tamara, muy hermosa, feliz y radiante, era ejemplo en la casa y la reina de sus abuelos. No creaba líos ni problemas; se sentía feliz en su entorno, y todos la querían tal como era.
Era la primera vez que sus amigos se reunían y organizaban una fiesta sorpresa para Tamara, en el día de su cumpleaños. Recordaban a menudo que Tamara soñaba con una fiesta así. Presumían que ese era su deseo: una celebración especial que llevaría para siempre consigo.
Tamara estaba en la facultad; tenía un examen de psicología por la tarde y luego iría a la casa de una amiga para tomar unas copas y finalmente regresar a su hogar para pasar su cumpleaños, como siempre, con sus padres y su pequeña mascota: una ardillita.
Sus amigos y familiares aprovecharon ese momento para organizar la fiesta. Eligieron como lugar especial el ático. A Tamara le gustaba mucho ese sitio; desde niña se refugiaba allí para jugar con sus muñecas, disfrazarse de princesa o bailar con los discos de vinilo de sus padres. Le gustaba especialmente escuchar la canción “Under My Thumb” de los Rolling Stones.
Para Tamara, ese habitáculo era su segundo hogar. La remontaba a los años mozos de sus padres por la cantidad de objetos antiguos que allí se encontraban. Sus padres no querían deshacerse de ellos porque decían que pertenecían a su generación y formaban parte de su esencia. Eso le venía bien a Tamara, pues implicaba más tiempo de juego y descubrimientos en el ático.
Le encantaban los baúles de antaño con ropas antiguas, la numismática —la colección de monedas de todo el mundo que su abuelo le regaló a su padre como herencia generacional— y la colección de revistas Burda de su madre, quien en otros tiempos se divertía cosiendo y diseñando vestidos para las chicas del barrio. El ático era, para Tamara, un mundo viejo por descubrir.
Cuando estaba triste o cansada, se iba directamente al ático a sumergirse en esa maraña de objetos vetustos. Así se le pasaba el mal humor o superaba algún traspié en la facultad. Por esas razones, sus amigos y familiares eligieron el ático para darle la sorpresa de su vida.
Los amigos ordenaron cuidadosamente el lugar y organizaron los objetos de tal modo que, cuando Tamara entrara, se encontrara con aquellos que para ella tenían un significado especial, como el disco de vinilo de los Rolling Stones. Crearon una especie de galería temática, permitiéndole identificarse con recuerdos que la acompañaban desde su niñez hasta ese día tan importante.
Al grupo organizador le costó mantener el secreto y encontrar la excusa perfecta para que Tamara no sospechara nada. A veces ella preguntaba por qué de repente tantos amigos la visitaban o por qué estaba su tía Zoraida en la casa, quien solo aparecía en ocasiones importantes. Por suerte, Tamara no ahondaba en preguntas, aunque le resultaba extraño ver más gente de lo habitual.
Una vez terminado el arreglo, el grupo abandonó la casa y se citó para la noche. Sus padres sabían que Tamara, al salir de la facultad, se encontraría con una amiga. Entonces, la madre ideó la excusa de llamarla y pedirle que pasara por la casa para ayudarla a buscar algo en el ático. Como Tamara conocía bien los objetos y le encantaba ese lugar, no se negaría.
Efectivamente, la madre la llamó y le pidió el favor. Tamara accedió sin dudar, pensando que ya habría otra oportunidad para salir con su amiga.
En la facultad, Tamara se enteró de que el examen de psicología se había cancelado por enfermedad del profesor. No le pareció extraño, ya que había ocurrido antes. Contentísima con la noticia, aunque no del todo segura de estar bien preparada, decidió aprovechar el tiempo libre.
Se le ocurrió entonces llamar a su novio, Kevin, y quedaron en encontrarse en la casa. Pensaron pasar un rato juntos mientras ella cumplía el encargo de su madre.
Cuando llegaron al ático, se dejaron llevar por la intimidad y el afecto que los unía, perdiendo noción del tiempo y del entorno. El lugar, cargado de recuerdos, contribuyó a que vivieran un momento especial y privado, ajenos a todo lo demás.
Más tarde, agotados y tranquilos, se quedaron dormidos totalmente desnudos en el viejo sofá del ático.
El grupo organizador llegó a la casa a la hora prevista. Convencidos de que Tamara estaría en el ático, apagaron las luces y subieron sigilosamente las escaleras. Frente a la puerta, se reunieron todos y, al entrar, gritaron al unísono:
—¡Feliz cumpleaños, querida Tamara!
La sorpresa fue absoluta para todos. Los padres, abrumados por la situación, pidieron al grupo que bajara nuevamente. Tamara quedó perpleja y desorientada por lo ocurrido. Lentamente se incorporó, aún conmocionada.
Kevin la abrazó y trató de consolarla. Sin lugar a dudas, esa sería la fiesta sorpresa que Tamara jamás olvidaría en su vida.
Autor: Martin Claßen von Holstein

