Cada 24 de diciembre, el mundo cristiano vuelve la mirada hacia el pesebre y espera con fe la llegada del Niño Jesús. Para el creyente, este acontecimiento no es solo un rito religioso, sino una renovación de la esperanza, del agradecimiento por la vida y la salud, y de la confianza en que un futuro mejor es posible.
Aunque para algunos la fe sea vista como una construcción simbólica o incluso como una ficción, resulta innegable que existe una fuerza profunda que impulsa a millones de personas a creer en un ser superior, especialmente cuando la realidad se vuelve adversa. El cristianismo, más que una religión, es una forma de vida: une, sostiene y da sentido a generaciones enteras desde hace más de dos mil años, desde el nacimiento del Mesías.
En Paraguay, esta fecha conserva un valor especial. La Nochebuena sigue siendo un espacio de encuentro familiar, de abrazos, de tradiciones que resisten al paso del tiempo. El pesebre, las luces, las celebraciones sencillas y los recuerdos de antaño conviven hoy con nuevas costumbres, reflejo de una sociedad que cambia, pero que aún se aferra a la fe como refugio.
Sin embargo, esta Navidad encuentra al país atravesando un profundo desencanto. En el plano político y económico, muchas de las promesas de cambio no se han traducido en mejoras reales para la mayoría. A pesar de los discursos y de los esfuerzos por atraer inversiones, la percepción ciudadana es clara: los beneficios no llegan al bolsillo de los más necesitados. La economía parece favorecer solo a unos pocos, mientras crece el malestar social.
La resiliencia del paraguayo, históricamente admirada, comienza a mostrar signos de desgaste. Las calles expresan descontento, y la esperanza se posterga una vez más. Aun así, la Navidad invita a detenernos, a reflexionar y a exigir, con madurez y responsabilidad, un gobierno que gobierne para todos y no para unos cuantos.
Que el nacimiento del Niño Jesús no sea solo una fecha en el calendario, sino una oportunidad real para recuperar valores, combatir la corrupción y reconstruir la confianza perdida. Porque sin justicia, sin empatía y sin compromiso con la gente, no hay fe que alcance.

