Mi querido lector, cuando voy caminando por la calle o entro en algún local, ya sea público o privado, me doy cuenta de que el denominador común en todos estos lugares, tanto externos como internos, es la proliferación de cámaras de seguridad. Y sin entrar en el juego de emitir un juicio gnómico de si esto es correcto o incorrecto, legal o ilegal, ético o antiético, solo lanzo la premisa de que vayamos donde vayamos estamos siendo monitoreados y vigilados constantemente. Y este hecho me hace pensar en el genial pensador francés del siglo XX, Michel Foucault, el cual escribió mucho sobre la vigilancia y el castigo por parte del poder soberano y estatal, que no pierde la ocasión de controlar y regir nuestras vidas desde que nacemos hasta que nos morimos en connivencia, en la mayoría de los casos, por los medios de comunicación, como ya advirtió Marcuse en su momento desde su atalaya académica en los Estados Unidos.
Hay muchos intelectuales que opinan, y han opinado, que no le importamos nada al Estado, absolutamente nada, y que quien crea lo contrario es, sinceramente, un estólido supino y un estulto integral. El Estado va siempre a lo suyo, dicen aquellos, id est, a defender sus intereses y a tratar de mantener y consolidar sus cotas y espacios de poder, un poder ejercido por una élite que no vamos a ver jamás porque está oculta detrás de un telón de acero o detrás de un escenario etéreo y que, como portavoces, colocan a títeres y marionetas protagonistas sobre el escenario destinados a repetir un mismo discurso elaborado por ese mismo poder pastoral y fáctico conformado por una élite secreta y velada, un discurso que, de tanto repetirse, finalmente, se naturalizará, se normalizará y se legitimará con sus propias leyes.
El Estado nos quiere, como ya sostuvo Foucault y otros tantos pensadores (por ejemplo, los de la Escuela de Frankfurt), sumisos, obedientes, controlados, alienados, con un cerebro plano y unidimensional y carentes de pensamiento crítico. El Estado, según esto, no parece ser transparente, sino turbio y oscuro, y necesita reforzar su compleja taracea a través de acciones que, tarde o temprano, va a afectar a sus ciudadanos crédulos e ingenuos que creen vivir en una democracia regida por la libertad y el bienestar.
El gran pensador Michel Foucault (1926-1984) fue un intelectual muy completo al que hoy quiero recordar en esta columna. Es conocido, sobre todo, por sus estudios críticos relacionados con la psiquiatría, la medicina, las ciencias humanas, el sistema de prisiones y la historia de la sexualidad humana. Entre sus obras más notables pueden destacarse: Enfermedad mental y personalidad, El nacimiento de la clínica, Las palabras y las cosas, La arqueología del saber, Castigar y saber, y Locura y civilización, entre otras.
Uno de los conceptos claves que aborda Foucault en sus obras, de modo especial, en Vigilar y castigar, La verdad y las formas jurídicas y La microfísica del poder, es, precisamente, el de poder. Para Foucault existen, sobre todo, dos tipos de poderes: el soberano, hegemónico y estatal, que ya hemos mencionado, y que puede dividirse en varias categorías, y los llamados micropoderes o subpoderes.
En su obra La microfísica del poder, Foucault agrega que el análisis del poder (que podríamos asociar con un poder omnímodo) solamente se ha llevado a cabo a partir de una opresión de tipo jurídico fundamentada en la legitimidad o ilegitimidad del poder, es decir, quien no obedezca las leyes impuestas por el Estado será castigado o sancionado; una dominación o represión destinada a la sumisión del individuo, algo de lo que hemos sido testigos a lo largo de la historia con la aparición de regímenes totalitarios como el fascismo, el nazismo, el comunismo, o incluso un sistema económico tan radical como el capitalismo que castiga sutilmente a quienes se desvían de sus normas condenándolos a la burla, al desprecio o al ostracismo/aislamiento.
El poder estatal o el poder del Estado, según Foucault, es el más importante y está formado por una élite determinada que establece cuál es la verdad, después la normaliza expandiéndola a través de todos los medios a su alcance, y finalmente, se permite castigar a quién no sigue esa verdad impuesta: una verdad coercitiva o una verdad absoluta. Y como no existe una verdad absoluta, plantea Foucault, esta, la verdad, puede partir también de una gran mayoría de individuos que, alejados de ese poder absoluto, compartan ideas comunes y afines, y puedan decidir también, por lo tanto, qué es la verdad o cuál podría ser una posible verdad. Esto crea, por consiguiente, oposición y antagonismo a ese poder absoluto y omnímodo ejercido por un Estado hegemónico, es decir, para la verdad coercitiva del Estado hay una contraverdad que parte de una contrahegemonía estatal que nos recuerda también a Gramsci.
Para Foucault el poder es inextinguible, no se va a extinguir nunca, ni tampoco las clases sociales. Según el enfoque de Marx, la sociedad está dividida en dos clases antagónicas: el proletariado y la burguesía. Desde esta teoría, una vez que se lleve a cabo la lucha revolucionaria o la revolución y se destruya el Estado burgués, las clases sociales desaparecerán para siempre, y con ello la dominación y la explotación. Para Foucault, que fue marxista en sus inicios, esto es una falacia. No puede existir, según él, una sociedad sin clases y, por tanto, una sociedad sin relaciones de poder y de dominación entre los seres humanos.
Como ejemplo acerca de cómo castiga el poder soberano, Foucault menciona el caso del regicida Damiens en 1757 en su obra Vigilar y castigar. Robert-François Damiens (1715–1757) fue el autor de un intento de asesinato contra el rey Luis XV de Francia. ¿Por qué? Este hombre fue criado de muchos consejeros del Parlamento de París que parece que tenían mucha inquina u odio contra el rey. Es probable que Damiens se dejara influir considerablemente por todas estas opiniones de sus señores o amos, de modo que un día se le ocurrió la idea de asesinar al rey de Francia Luis XV pensando que con ello haría un gran bien a mucha gente. De manera que el 5 de enero de 1757 Luis XV visitó a su hija, Madame Victoria, que se encontraba en cama en el palacio principal de Versalles. Cuando este regresó a su carroza, Damiens, tapándose la cara con un sombrero, se abrió paso entre la guardia real, sujetó al rey, y lo hirió muy levemente con un pequeño cuchillo. Parece ser que las numerosas capas de ropa que llevaba el rey debido al frío invierno habrían amortiguado la penetración del pequeño objeto punzante.
Ningún órgano importante se vio afectado, es decir, no le pasó nada al rey. Tras varios procesos y deliberaciones Damiens fue condenado a muerte y el 28 de febrero de 1757 fue ejecutado en la plaza de Grève. La ejecución, tal como la describe Foucault en su libro Vigilar y castigar, fue horrible, atroz, espantosa, por el dolor y padecimiento que se infligió a Damiens, así como por todo lo que duró: unas cuatro horas aproximadamente, cuatro horas de intensa agonía y sufrimiento. El 29 de marzo de 1757 se ordenó que la casa natal del regicida fuera derribada con la prohibición de volver a edificarla. Su mujer, su hija y su padre fueron expulsados del reino bajo pena de muerte inmediata en caso de volver a Francia.
El caso de Damiens, mi querido lector, plantea claramente el abuso de poder y el exceso de castigo en un hombre que, finalmente, no hirió al rey o lo hirió levemente. ¿Por qué infligir tanto dolor, tanto sufrimiento en un hombre que, al fin y al cabo, no consumó el hecho? Partiendo prácticamente en el caso de Damiens, Foucault se centra, por consiguiente, en la historia del castigo o en la forma de castigar a los convictos en la historia. Y hace referencia a lo que él denomina “tecnologías de castigo”. La primera de esas “tecnologías de castigo”, apunta Foucault, es la “monárquica”, que consiste en la represión de la población mediante ejecuciones públicas y tortura. Una tecnología de castigo que, por cierto, puede ser también religiosa. La segunda de esas “tecnología de castigo” es el “castigo disciplinario”, que es la forma de castigo, sostiene Foucault, practicada hoy día; este castigo le da a los “profesionales”, tales como psicólogos, celadores, guardias, jueces, fiscales, abogados, etc. poder sobre el prisionero o el acusado. Todas estas personas que acabamos de citar son determinantes en el destino de una persona. La libertad o la reclusión, o el castigo o la absolución de una persona depende, en última instancia, del dictamen de un juez, de un fiscal o de un psicólogo.
En otros casos, plantea Foucault, el abuso de poder se materializa, como ya hemos dicho, a través del control y de la vigilancia. En este sentido, Foucault compara la sociedad moderna con el diseño de prisiones llamadas panópticos (Panopticon) de Bentham (debido a su creador, el jurista inglés Jeremy Bentham). En dichas prisiones un solo guardia puede vigilar a muchos prisioneros mientras el guardia no puede ser visto. Esta idea de la prisión panóptica sirve para explicar cómo el Estado y la sociedad moderna vigilan a los ciudadanos constantemente, y cómo ejercitan sobre ellos sus sistemas de control de poder y conocimiento. Foucault sugiere que en todos los planos de la sociedad moderna existe un tipo de “prisión continua”, desde las cárceles de máxima seguridad con sus trabajadores sociales, la policía, los maestros, hasta nuestro trabajo diario y vida cotidiana. Todo está conectado mediante la vigilancia (deliberada o no) de unos seres humanos sobre otros en busca de una “normalización” generalizada. Si miras a tu alrededor, amigo lector, vuelvo al punto inicial, vayamos donde vayamos hay cámaras que monitorean nuestros actos, que nos controlan, que nos vigilan: en la calle, en los hospitales, en las empresas, en los multicines, en los shoppings, en los grandes almacenes, en las tiendas pequeñas, en las propias casas particulares; en el colectivo; en todas partes estamos siendo monitoreados, vigilados, controlados, observados permanentemente. Y a un nivel mayor a través de los satélites, de los drones.
Otro concepto de interés que aborda Foucault y que puede empalmar con lo anterior es el biopolítica. El término biopolítica es un neologismo utilizado por Michel Foucault para identificar una forma de ejercer el poder no sobre los territorios, sino sobre la vida de los individuos y las poblaciones, ¿cómo lo haría? Controlando, por ejemplo, la natalidad. Este control de la natalidad podría resultar del interés para el capitalismo. Foucault hizo uso del término “biopolítica” en octubre de 1974 por primera vez en la conferencia titulada El nacimiento de la medicina social que dictó dentro del marco del curso de Medicina social latinoamericana ofrecido por la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Brasil). Un claro ejemplo de biopolítica más específico sería reducir o controlar la natalidad fomentando el concepto de “familia tipo”. China es un ejemplo, así como muchos países en Europa. De esta manera las parejas aumentarán su productividad en marco del capitalismo.
En 1978 Foucault publicó el libro Herculine Barbin: Memorias de un hermafrodita. El pensador francés usó el caso de Herculine Barbin (1838-1868), una persona intersexual francesa a quien se definió al nacer como mujer y, más tarde, como varón después de un examen físico, para analizar cómo la sociedad y la medicina del siglo XIX obligaban a los individuos intersexuales a elegir un sexo “verdadero” a través de un proceso legal y médico que, en el caso de Barbin, culminó en un profundo sufrimiento y suicidio a la edad de 29 años.
Este es otro ejemplo perfecto en el marco de la biopolítica. Herculine Barbin era hermafrodita. Se le puso el nombre de Alexina y fue bautizada y educada como mujer. A los 29 años su condición fue descubierta por un médico que la obligó a someterse a un proceso legal y médico para ser declarada hombre, y fue entonces cuando adoptó el nombre de Herculine. Sin embargo, incapaz de sobrellevar su nueva identidad y debido a toda la presión social generada, Alexina se suicidó en 1868. Foucault encontró las memorias de Barbin en unos archivos del siglo XIX y las publicó en 1978, añadiendo un prólogo titulado “El sexo verdadero”. A través del caso de Herculine, Foucault criticó los mecanismos de poder bio-médico que tratan a toda costa de imponer una verdad binaria en los cuerpos, especialmente los de las personas intersexuales, a través del conocimiento científico.
Ahora bien, una de las ideas más interesantes de Foucault es que no existe solo un poder estatal y hegemónico, sino toda una multiplicidad de poderes que se ejercen en la esfera social y que constituyen micropoderes. En su obra La verdad y las formas jurídicas, Foucault discurre acerca del micropoder o subpoder, es decir, de “una trama de poder microscópico, “capilar”, que no es el poder político ni el poder del aparato del Estado ni el poder de una clase privilegiada, sino el conjunto de pequeños poderes situados en un nivel más bajo o inferior, en un nivel que no constituye el centro ni de la esfera política, ni de la esfera social ni de la esfera cultural. Foucault sostiene, por lo tanto, que no existe un solo poder omnímodo, sino que, en la sociedad, pueden darse múltiples relaciones de autoridad situadas en distintos niveles. Estas relaciones de autoridad se apoyan mutuamente y se manifiestan de una manera sutil, sin que nos demos cuenta. Para Foucault el problema del poder no se puede reducir solamente al de la soberanía entre una nación y sus ciudadanos. ¿Por qué? Porque entre maridos y mujeres, entre alumnos y maestros, entre jueces y acusados, entre padres e hijos, entre médicos y pacientes, entre empleadores y empleados, entre sacerdotes y feligreses, etc., existen relaciones de autoridad que no son proyección directa de un poder soberano o de un Estado hegemónico, sino más bien condicionantes que posibilitan el funcionamiento de un poder estatal y hegemónico.
Que estas ideas genéricas de Foucault no nos hagan olvidar nunca que el poder, omnímodo o infinitesimal, está siempre presente en nuestras vidas, a veces proyectado hacia nosotros y otras, partiendo de nosotros mismos hacia nuestros vecinos en una espiral que lejos de acabarse tiene tendencia a consolidarse cada vez más. En los últimos años y muy recientemente hemos asistido al ataque de países más fuertes económica y militarmente a otros que lo eran menos, y eso me ha hecho pensar en otro poder, en un poder con una agenda global y universal. Quizá deberíamos añadir, por lo tanto, un tercer concepto de poder a la clasificación de Foucault, la del “Poder del Novus Ordo Mundi”. ¿Tú qué opinas, mi querido lector?
Datos sobre al autor:
- El Prof. Doctor don José Antonio Alonso es Doctor en Filología Inglesa
- Nació en Madrid en 1965.
- Es Académico de la Academia Paraguaya de la Lengua Española.
- Doctor en Filología Inglesa con la mención Cum laude por la Universidad de La Coruña.
- Es licenciado en Filología Inglesa por la Universidad Complutense de Madrid, tiene el CAP con la calificación de Sobresaliente.
- Didáctica Universitaria por la Universidad Autónoma de Asunción.
- Diploma como Docente Digital por la Universidad Nacional de Asunción.
- Su CAP fue otorgado por la Universidad de Málaga.
- Es filólogo especialista en literatura en inglés antiguo, literatura medieval inglesa y literatura inglesa del periodo isabelino y jacobino.
- Es profesor titular de Humanidades en la Universidad del Norte y profesor de Filologia de la Lengua Inglesa en el Instituto Superior de Lenguas de la Universidad Nacional de Asunción.
- Es traductor de textos medievales ingleses, escritor y crítico literario.

