lunes, febrero 16, 2026
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Un país que no lee está condenado a sufrir

Mis queridos lectores, mis queridas lectoras, ha habido épocas en las que poderes fácticos como la Iglesia Católica, por ejemplo, ha impedido al lector común y no tan común el acceso a obras literarias, científicas, teológicas o filosóficas que hoy en día son consideradas universales y forman parte de un canon global y comúnmente aceptado por los especialistas en ciencias y humanidades.

Verdaderamente es lamentable que una institución, sea la que sea, se arrogue el poder o la potestad de decidir qué es lo que debe leerse y qué es lo que no debe leerse, acortando de esta manera la libertad de un individuo adulto y maduro para determinar por sí mismo lo que quiere leer o no, pero así es la historia de la humanidad y de una Iglesia despótica en ese sentido.

Durante muchos años la Iglesia Católica contó con un Índice de libros prohibidos (o Index Librorum Prohibitorum) en los que iba registrando aquellos libros que consideraba altamente “dañinos” para la moral, heréticos con relación a la doctrina ortodoxa de la Iglesia y nocivos para la fe y las sanas costumbres de la sociedad. Y este índice no era algo que había que tomarse a la ligera, ni mucho menos, ni considerarse baladí, pues acceder a los libros prohibidos en el índice podía acarrear castigos nada desdeñables. Por ejemplo, en el caso de los católicos podía ser considerado un pecado grave y derivar en una excomunión temporal, así como en la obligación de confesarse y retractarse públicamente.

En otros casos, si la obra contenía ideas heréticas o contrarias a la doctrina de la Iglesia, podía resultar en procesos judiciales civiles, la confiscación de los libros, multas económicas, amonestaciones públicas, prisión, castigos físicos e incluso, en casos extremos, la pena de muerte. La Iglesia Católica ha instado siempre al perdón y al amor del prójimo, pero ella misma parece haber olvidado perdonar y amar a su prójimo a lo largo de la historia.

El Índice estuvo en vigor desde 1560 hasta 1966. Muchas grandes obras literarias y muchas grandes obras científicas aparecieron en tan abominable como execrable lista. Las versiones de los índices más primigenios aparecieron entre los años 1529 y 1571, en especial en un momento en que la imprenta y la impresión de libros estaba en pleno auge desde su aparición a mediados del siglo XV y el “fantasma” del protestantismo amenazaba permanentemente los cimientos de una Iglesia Católica tan corrupta como empañada por tanto abuso a las clases siempre más vulnerables.

A estos índices tan activos que pretendían evitar a toda costa la expansión de ideas contrarias a la fe, se sumó la actuación de las coronas europeas, que veían en las imprentas, los impresores y las impresiones de libros una amenaza también para sus sistemas despóticos, absolutistas y autoritarios. La corona inglesa, por ejemplo, solo concedió en 1557 el derecho a imprimir libros a la Universidad de Oxford y a la Universidad de Cambridge, y la corona francesa también trató de ejercer el control de la imprenta con el apoyo de la Iglesia Católica.

Esta última acusó al gran humanista Étienne Dolet, impresor, filólogo, traductor y tipógrafo, de herejía y lo quemó en la hoguera en París en 1546. Muchos impresores eran vistos como subversivos y peligrosos, y muchos de ellos, de hecho, fueron hechos prisioneros en varios países de Europa o, como el caso de Dolet, condenados a morir en la hoguera. Uno de esos índices más tempranos apareció en 1557 a instancias del papa Pablo IV. Dos años después, en 1559, vio la luz otro índice que prohibía la escandalosa cifra de unos 550 autores, y en 1564 el Índice Tridentino fue promulgado con el respaldo del papa Pío IV, entre otros. En general, todos esos índices infaustos prohibieron la lectura de lo mejor que había en cada momento en materia de ciencia, teología, filosofía y literatura.

Muy pocas grandes obras se libraron de no aparecer en ellos. Para vergüenza y oprobio de la Iglesia Católica, esta incluyó en su índice de libros prohibidos a lo largo de los años hasta su supresión final las obras de autores como Conrad Gesner, naturalista y humanista suizo, Janus Cornarius (o Johann Künzler), médico alemán, Johann Oldendorp, jurista y reformador alemán, Sebastián Münster, cartógrafo y cosmógrafo alemán, René Descartes, filósofo y matemático francés, Francis Bacon, filósofo inglés, Thomas Browne, polímata inglés, John Locke, filósofo y médico inglés, François Rabelais, escritor, médico y humanista francés, Baruch Spinoza, filósofo neerlandés, Nicolás Maquiavelo, político y escritor italiano, Giordano Bruno, filósofo y astrónomo italiano, Erasmo de Rotterdam, humanista teólogo, filósofo y filólogo neerlandés, Pietro Aretino, escritor italiano, Emanuel Swedenborg, científico, teólogo, filósofo y místico sueco, Nicolás Copérnico, astrónomo polaco, Galileo Galilei, astrónomo italiano, John Milton, escritor inglés, Martín Lutero, teólogo alemán, Juan Calvino, teólogo francés, Voltaire, Rousseau, Diderot, etc. Las obras de algunas mujeres intelectuales de varias épocas y periodos en la historia tampoco se libraron de aparecer en el índice eclesiástico, como, ejemplo, las de la teóloga protestante alemana Magdalena Heymair del siglo XVI, y es posible que las de Ursula de Münsterberg.

En general, el Índice prohibía la lectura de libros que atacaran, ridiculizaran abiertamente a la Iglesia, que pusieran en tela de juicio algunas ideas de la heterodoxia católica o bíblica, que pudieran atentar contra las buenas costumbres de la sociedad, que pudieran pervertir a los jóvenes por sus ideas escabrosas o inmorales, que versaran sobre alquimia, brujería, magia o adivinación, o que propagasen las ideas protestantes. El Índice prohibía también las traducciones de la Biblia a las lenguas vernáculas sin el permiso oficial de la Iglesia Católica.

Más específicamente, algunos de los libros más populares que fueron incluidos en el índice eclesiástico, amigo lector, amiga lectora, fueron De revolutionibus orbium coelestium de Nicolás Copérnico, porque contradecía la visión geocéntrica apoyada por la Biblia; Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, de Galileo Galilei, por su defensa abierta del heliocentrismo; El contrato social, de Rousseau, por cuestionar en esa obra la autoridad del clero y de los monarcas; Las cartas filosóficas, de Voltaire, por criticar a la Iglesia y abogar por la libertad de pensamiento; El espíritu de las leyes, de Montesquieu, debido a sus ideas sobre la separación de poderes y el desafío al absolutismo; La Celestina, de Fernando de Rojas, por considerarla inmoral y nociva, especialmente para la juventud, y El Lazarillo de Tormes (anónima), por sus críticas sin tapujos ni contemplaciones a la Iglesia y la sociedad, entre muchas otras. El Quijote de Cervantes no se libró de ninguna de las maneras de la mirada siniestra de la Iglesia Católica. Aunque no fue prohibida e incluida en el Índice, sí fue objeto de censura parcial (o expurgatorio) por parte de la Inquisición española, y algunos de sus pasajes, por lo tanto, fueron expurgados.

Querido lector, querida lectora, hoy en día, que yo sepa, la Iglesia ya no prohíbe libros, por eso me duele, y me duele mucho que no habiendo ninguna autoridad ni civil ni eclesiástica que prohíba libros o los queme (como en Farenheit 451), haya gente que no aproveche tan feliz como dichosa circunstancia para leer esos libros que una vez fueron prohibidos o censurados por la aparente “peligrosidad” de sus ideas, u otros. Realmente no sabemos, dada la aparición tan súbita en los últimos tiempos de tiranos y déspotas en muchos países del mundo, si alguna vez los libros van a ser prohibidos, censurados, expurgados o quemados.

Acuérdate, amigo lector, amiga lectora, de la novela de Ray Bradbury. La obra se sucede en una sociedad distópica donde los libros están prohibidos y los bomberos tienen la misión de quemarlos porque aquellos pueden promover el pensamiento crítico e inducir al cuestionamiento del orden establecido, un orden en el que predomina una especie de “falsa y utópica felicidad” acrecentada por la televisión y el entretenimiento por parte de los medios de comunicación. Sí, me preocupa que no se lea en aquellos países donde el acceso a los libros es prácticamente total, donde los libros están al alcance de todos, incluso, a veces, de manera gratuita, y donde existen bibliotecas públicas y privadas por doquier en cada esquina, en cada barrio, en cada provincia, en cada rincón; me preocupa mucho que la gente no lea y encima que, de manera voluntaria, se deje atontar, entontecer, embrutecer, idiotizar, embobar, abobar, alelar, y atontolinar por los dispositivos electrónicos y por la hipnosis de la distracción que emana de todas partes. Hay países, en cambio, en los que la gente no para de leer, de zambullirse en los libros, de arrojarse a sus hojas repletas de caracteres como brazos abiertos de par en par.

Países así crecen espiritualmente en valores como la tolerancia, la justicia, la solidaridad, la bondad, la generosidad, el amor, y desarrollan enormemente su capacidad para razonar y su habilidad para argumentar, convencer y persuadir; países así son más difíciles de engañar y de embaucar por sus gobernantes y el mundo; países así son más felices porque desarrollan ideas nuevas y las ponen en práctica en sus países en pro del desarrollo y el bienestar. Sin embargo, amigo lector, amiga lectora, está el lado contrario, están los países en los que sus ciudadanos ni leen ni quieren leer teniendo la oportunidad para hacerlo. ¿Cómo puede ser que haya “gente” que no haya leído un solo libro en su vida?

Para esa gente “da más gusto” repantigarse en una poltrona viendo deportes de masas envueltos en chirigotas irisadas y risas ahogadas en cerveza barata y estolidez que en salir de una dimensión sombría hecha a base de cristal en polvo. Después se quejarán y se lamentarán, después llorarán y se rasgarán las vestiduras como fariseos que han perdido sus bienes en mitad del desierto. Los países que leen y hacen de los libros objetos de culto otorgándoles el mérito y el respeto que se merecen suelen educarse en colegios públicos dotados de una magnífica infraestructura y de extraordinarios maestros, se curan en hospitales que ofrecen una atención sanitaria envidiable, y viajan en servicios de transporte públicos en los que se respira y se viaja apaciblemente con hilo musical y combustible ecológico. Y todo ello porque los que leen y han leído toda su vida, cuando protestan, luchan, y se alzan contra las injusticias, argumentan sus peticiones, demandas y exigencias con lógica, inteligencia y argumentos sólidos, y tienen, por lo tanto, más capacidad para defenderse y abogar dialécticamente por sus derechos.

En los países donde no se lee, la gente malvive por culpa de sus políticos corruptos, se muere en hospitales nauseabundos que carecen de infraestructura e insumos, viaja en colectivos que zahieren, mortifican y afligen tanto los cuerpos como las almas, se educa en colegios con goteras, alimañas, maestros desganados, desnutridos y mal pagados, y camina por veredas repletas de agujeros, zanjas y trincheras.

En esos países sus ciudadanos nunca protestan, y cuando protestan, lo hacen con muy pocas herramientas intelectuales que los respalden, sencillamente, porque o no leen o han leído poco en su vida. Hay países por los que deambulas y eres testigo de que la inmensa mayoría de sus ciudadanos llevan un libro en las manos y que, además, irradian felicidad al leerlo, al meterse en su tuétano deshilvanado su historia progresivamente, y hay otros países donde no ves a nadie con un libro en las manos, tan solo el amago de una risa boba y una mente unidimensional, y es una pena, porque viven en países donde los libros no están prohibidos, donde están al alcance de todos y donde estos (los libros) están deseosos de ser leídos y desflorados en las bibliotecas donde se hallan albergados o almacenados, sí, estoy seguro de ello, un país que no lee está condenado a sufrir y, quizá, a morir indefectiblemente.

*Doctor José Antonio Alonso Navarro

Filólogo y académico correspondiente de la Academia Paraguaya de la Lengua Española

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