Me pasaría horas y horas
observándote.
Tu carita fina de ángel traviesa,
tus piececitos blancos
y tus ojos, sí, tus ojos
azules profundos
que de vez en cuando
revientan en agridulces lágrimas.
Estás siempre allí,
observada y deseada.
Tú lo sabes, pero lo ignoras.
Impones tu presencia con tu toque francés:
con tu chal,
con tu carterita de cuero de liebre,
con tus tacones altos,
con el negro vestido en tu inmaculada piel blanca
y tus labios
bien pintados con un rojo pasión.
Así eres tú,
¡Mademoiselle!
Como un día de verano en París.
*Martin Claßen von Holstein

