lunes, marzo 9, 2026
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Humor y negro en los cuentos de Amelia Piquero Fol

Mi querido lector, mi querida lectora, hay cuentos, ciertamente, que gustan de tener en sus panzas no solamente historias varias y vocablos diversos con que nutrirse y crecer en fascinación y asombro, sino, además, un añadido que los hacen, en su sentir particular, más interesantes y atractivos: el humor, pero no cualquier humor, no, sino un humor adobado con la especia de la pimienta negra, convirtiéndose así en cuentos que cautivan por lo sublime, es decir, por aquellas emociones con tinte romántico vinculadas al temor y al horror, al pasmo y al asombro, a la angustia y a la aflicción. Sin embargo, lo sublime en los cuentos donde hay humor negro causa, por lo general, risa, precisamente, por esas dosis de comicidad que adornan lo trágico que portan en ellos.

Cada país tiene, como es lógico, su percepción de lo que es el humor negro, por ejemplo, los escritores ingleses se inclinan a un humor negro que suele ser, según dicen, algo seco, sarcástico y oscuro. El humor negro de los escritores irlandeses es autocrítico, irónico y absurdo. Los autores rusos añaden a su humor negro, que es también bastante irónico, una gran cantidad de pesimismo, y los alemanes algo de tragedia extrema con retazos históricos, políticos y surrealistas. Los autores argentinos tienen un humor bastante fuerte y acentuado en el que confluyen el absurdo, la tragedia cotidiana, lo ácido, lo político, lo autocrítico y la sátira social.

En España el humor negro está presente casi siempre en todas sus manifestaciones artísticas y busca la autocrítica irónica y humorística desde la óptica del absurdo, lo grotesco y lo esperpéntico en relación con las costumbres genuinas y tradicionales de la cultura ibérica. Y es que el humor negro en la literatura en general y en el cuento en particular aborda temáticas destinadas a provocar una reacción disonante en la fibra de nuestros corazones, a perturbar acerbamente nuestras conciencias, a alterar el curso normal de nuestro flujo sanguíneo, y a causar una espiral de sensaciones desabridas en nuestros espíritus que van a resonar por algún tiempo.

Dichas temáticas son tan sombrías como malhadadas, pues siempre acaban en tragedia o en tragicomedia, y giran en torno a eventos como la muerte, la enfermedad, la violencia, la injusticia y el sufrimiento, pero con ese toque que procura y pretende cincelar una sonrisa en el lector a través de lo irónico, lo satírico, lo absurdo, lo grotesco y lo macabro. En los cuentos el humor negro cristaliza a través de situaciones ilógicas y carentes de sentido, eventos atípicos y absurdos o circunstancias trágicas encaradas con ironía, ligereza o indiferencia. Sin embargo, estos cuentos aderezados con la pimienta del humor negro están abocados a suscitar una honda reflexión sobre la vida, la muerte y la naturaleza humana.

En cuanto a su intencionalidad, esta puede variar. En algunos casos el propósito de los cuentos embozados de negro puede estar dirigido a criticar ciertas conductas humanas, normas sociales o instituciones, poniendo de relieve sus tensiones y contradicciones. En otros casos, estos cuentos ahumados sombríamente persiguen reducir el impacto emocional que ciertos temas considerados tabú, como la muerte o la enfermedad, generan en la sociedad. La escritora norteamericana Shirley Jackson (1916-1965) hizo uso del humor negro en algunos de sus cuentos, como en La lotería, publicado en The New Yorker el 26 de junio de 1948. La historia se enfoca en una pequeña y típica comunidad (no revelada en el cuento) que organiza una lotería anual. Todo parece ser aparentemente normal cuando al final del cuento se desvela que la “ganadora”, Tessie Hutchinson, va a ser sacrificada por lapidación para que la cosecha sea mejor. El cuento critica la deshumanización, la brutalidad y la crueldad que provoca la creencia fanática y ciega en los rituales practicados en ciertas culturas. La historia navega entre lo absurdo e irracional y toques de humor negro.

En el cuento de Julio Cortázar (1914-1984) Casa tomada descubrí también algo de humor negro en la propia historia, en la conducta de los personajes y en el estilo y tono del cuento. Cortázar publicó este cuento por primera vez en 1946 en la revista Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges, y algunos años después en el libro de relatos Bestiario de 1951. Este cuento, que puede adscribirse, además, a la literatura fantástica latinoamericana, combina lo fantástico en la vida cotidiana con un humor negro al más puro estilo. En él se narra la historia de dos hermanos que viven en una antigua casa familiar. Poco a poco estos se ven obligados a enfrentarse a una serie de sucesos inesperados dentro de ella.

En la obra del escritor hondureño-guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) el humor absurdo en general y, en ocasiones, el humor negro como el humo o una sombra, hace acto de presencia en ella junto con una ironía ciertamente mordaz. Este escritor, célebre por su estilo breve y conciso y por su interés por la minificción recurre al humor negro y satírico para criticar la estulticia humana y política y la hipocresía latente en la sociedad. Otro cuento que tengo en mente donde destaca indudablemente el humor negro es el titulado La pata de mono, de William Wymark Jacobs (1863-1943), publicado en 1902 como un relato de terror. La historia versa sobre una familia que obtiene una pata de mono mágica que concede tres deseos. El humor negro radica en la ironía y la manera en que sus personajes encaran las consecuencias de sus propios deseos. En el cuento Perro rabioso del escritor argentino Juan José Saer (1937-2005) se percibe algunas dosis de humor negro e ironía sutil para contar la obsesión de un hombre con relación al perro de un vecino en ciertas situaciones de tensión y violencia.

Querido lector, querida lectora, podría mencionar muchos cuentos más donde el humor negro cobra un protagonismo especial, no obstante, me gustaría centrarme en los cuentos de la escritora española afincada en Paraguay Amelia Piquero Fol. Esta destacada escritora nació en Madrid, España. Estudió Lengua Española y Francesa, Artes Plásticas y Taquigrafía en dicha ciudad. Tras mudarse a Asunción (Paraguay) a los dieciocho años, estudió Arquitectura en la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y obtuvo un Máster en Educación en la Universidad Autónoma de Asunción (UAA). Desde joven trabajó de locutora en los primeros años de Canal 9 haciendo anuncios y cortos publicitarios y como arquitecta para la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Desde hace más de cuarenta años Piquero Fol ejerce como profesora universitaria de Lengua Española y Comunicación Oral y Escrita en varias universidades paraguayas. Ha sido miembro del jurado en el PEN Club del Paraguay, miembro del jurado en diferentes Salones de Primavera del Ateneo Paraguayo, y miembro en distintos Concursos de Fotografía y Diseño de la UAA. Algunos de sus libros llevan por títulos Remembranzas de poemas y cuentos, Cuentos para el recuerdo y Narraciones y leyendas a través del tiempo. Todos ellos conforman un conjunto variopinto de autobiografía particular y creaciones fantásticas.

Esta escritora madrileña fue premiada con el cuento Fallecidito en el concurso Elena Ammatuna y seleccionada entre 2481 participantes en el XVII Certamen Internacional de Poesía y Narrativa breve de la Editorial Nuevo Ser en Argentina. Su tercer volumen de cuentos tiene la intención, en palabras de la propia autora, de servir como entretenimiento y “olvidar un poco los avatares del día a día, pues para eso están los libros, para sumergirnos en ellos y olvidarnos de la cotidiana realidad”. Los cuentos de su último libro están subdivididos en varios bloques de acuerdo con los temas tan diferentes que se despliegan en ellos.

El primer bloque abarca los denominados Relatos atemporales, porque estos han ocurrido en cualquier país y en algún momento de la vida de la autora, como ella misma confiesa. El segundo bloque lleva por título Entelequias fantásticas o Relatos no convencionales. Este grupo de cuentos presentan historias ficticias destinadas a distraer a los lectores y a hacerlos reflexionar sobre ellos. El tercer bloque, Mitología imaginaria, engloba una serie de cuentos que pretenden erigirse como el recuerdo omnipresente de todas esas historias que la autora ha imaginado tras la lectura de todos los libros que ella ha leído a lo largo de su vida. El cuarto bloque, cuyo título nos da una idea de su temática, Relatos macabros, son, sostiene Piquero Fol, “casos perversos con mucha causticidad, sorna e ironía y, a veces, con mucho fondo de realidad, y están destinados a aquellos a los que les guste las historias macabras repletas de humor negro”.

Querido lector, querida lectora, la gracia de muchos de los cuentos de Piquero Fol es que lucen, en efecto, por su humor negro a base de ironía y absurdo, un humor muy español que me recuerda a los de los cineastas españoles Luis García Berlanga (1921-2010) en El verdugo, Álex de la Iglesia en La comunidad, y Luis Buñuel en El ángel exterminador. En esta última película, por ejemplo, hay un humor negro que coexiste con un humor acre, mordaz e incisivo que sirve para satirizar y exponer la hipocresía de la alta burguesía; un humor que no busca hacer reír al espectador, sino incomodarlo en su butaca mostrando como los invitados a una cena social pasan de estar regidos por las normas sociales de la buena etiqueta y educación a convertirse en seres moralmente degradados y salvajes cuando no pueden salir de la habitación en la que se hallan por un fuerza externa sobrenatural.

Muchos de los cuentos de Amelia Piquero Fol, entre los que menciono, El verdugo, La vegana o Margarito, atrapan al lector para marearlo con las situaciones absurdas que se describen en ellos, para hipnotizarlo con la fría e indiferente precisión de un lenguaje crudo, desgarrado y desgarrador, descarnado y vívido, para aturdirlo con situaciones grotescas y absurdas, y para conducirlo a un mundo regido por el esperpento y la tragedia. El dolor, la angustia, la desesperanza, la tristeza, la muerte, constituyen parte de la substancia y materia prima de la que hace uso Piquero Fol en muchos de sus cuentos después de sazonarlos con un fino humor negro y una sutil ironía para provocar finalmente en el lector una risa, una mueca, una reflexión con eco o sin eco, un retortijo en las tripas, o una pizca de compasión por sus protagonistas.

Hay también cierto aire de determinismo en los personajes de Piquero Fol. Estos parecen haber nacido con un destino marcado que los ha condenado a no poder cambiar la tragedia o la fatalidad que se ha cernido, se cierne, o se cernirá sobre ellos. Así es, desafortunadamente los personajes que deambulan y callejean por los cuentos de esta autora madrileña no poseen las riendas de su vida ni el control de su destino ni la voluntad suficiente para trastocar el curso infausto de sus vidas. Después que termino de leer alguno de ellos, suelo quedarme pensativo o taciturno, mi humor se torna sombrío, me invade una sensación de vacío existencial o se me seca el gaznate. Pero eso no es todo, algunos de ellos me hacen recordar ese determinismo propio de algunas novelas naturalistas del siglo XIX en las que sus personajes están condicionados por la herencia biológica de sus padres, por el entorno al que están sujetos, por la falta de libre albedrío o por su propia abulia debido a la fragilidad de su carácter.

En cuento al estilo, los cuentos destacan por su vívido detallismo en las descripciones de los cronotopos y de la psicología de los personajes, por su estructura de aparente sencillez, por el dominio del lenguaje a la hora de jugar con la polisemia y sinonimia de los vocablos y por el lirismo poético que los impregna a través de términos más propios de la literareidad formalista que de la lengua común.

Querido lector, querida lectora, para que juzgues con el prisma de tus propios ojos y de tu propia conciencia, he incluido un cuento bastante representativo de Amelia Piquero Fol. Navega por él, juega con él, goza de él, y deja que tu tiempo presente se disuelva como los líquidos miscibles con su tiempo pasado o con su “tiempo atemporal”, con su espacio universal y con la fatalidad de sus personajes. El cuento se llama El verdugo. Te ruego lo leas después de comer tu asado dominical.

 

                                                          EL VERDUGO

 

Siempre se le veía acurrucado en un soportal de la plaza, donde había más turistas y yonquis llenos de piercings de pies a cabeza y con más tatuajes que espacio en el cuerpo. Llamaba la atención su cara huesuda, caballuna, con unos grandes ojos saltones tan claros como el agua, que parecía que fuese ciego, como si se le fuesen a salir de las órbitas de un momento a otro.

Los demás mendigos ya no le daban importancia, pero los que le veían por primera vez salían disparados de su lado por su fetidez y la mugre que lo cubría. Hedía a muerto. Quizá también por el cartel que colgaba de su cuello: “Soy verdugo, estoy sin trabajo”.

Algunos se reían, otros ponían cara de aterrorizados, escapando lo más raudo posible del olor y del siniestro personaje.

En Europa la pena de muerte había sido abolida hacía pocos años, por lo tanto, los verdugos, que eran funcionaros del estado, se habían quedado en el paro. Para muchos de los que se reían era cómica la situación, para los que entendían un poco más de historia sabían que los fusilamientos en muchos países no se utilizaban. En Alemania era el ahorcamiento, como fueron ajusticiados los criminales nazis de Nuremberg. Se les pasaba una soga al cuello, que colgaba de una viga, se abría una trampilla en el suelo donde pisaba el reo y quedaba colgando como un fantoche de feria. En cambio, un pelotón de fusilamiento acabó con la vida de la famosa espía Mata Hari, una madrugada en el patio de la prisión.

Este personaje no tenía aire marcial de militar ni mucho menos, sino de loco pervertido como veremos más adelante.

Algún que otro periodista quiso interrogarle, pero él con sus ojos transparentes no contestaba a nadie. Algunos le querían sacar a golpes del lugar, pero siempre volvía al mismo sitio ya que también tenía una razón. Allí estaba su clientela.

Por las noches, como un guiñapo, cubierto de periódicos viejos y de ropa podrida y maloliente se tiraba en el suelo bajo los soportales, a dormir, mientras hacía grandes aspavientos acosado quizá por las pesadillas.

Y no era para menos, pues la vida de este siniestro personaje no era solamente que fuese verdugo a sangre fría, sino que se deleitaba cuando  arrancaba los dientes a sus víctimas después de que el forense diese el veredicto de muerte por estrangulamiento o por cualquier otra forma de asesinato legal para detener la vida de las personas condenadas, antes de enterrarlas,  o sino también los inhumaba y aprovechaba la noche para tener mayor tranquilidad e ir sacando con unos alicates, las piezas de la boca de los difuntos, sobre todo las de los ahorcados, pues su boca se encontraba más abierta y tenía que esforzarse menos. Se embelesaba viendo la buena dentadura de algunos de los ajusticiados.

Esta horripilante costumbre le obsesionaba desde siempre. Era como el cazador que cuelga los colmillos del león después de matarlo. 

Pero, ¿por qué hacía esto? Por la venganza inhumana que latía dentro de él. Cuando tenía una buena cantidad del marfil macabro, lo trituraba y hacía polvo convirtiéndolo en una sustancia inocua que mezclándola con talco hacía pasar por cocaína que vendía a los drogadictos del lugar dada su agresiva desesperación. Por eso su prisa en trabajar de vuelta, ya que se le acababa la mercancía y tenía que ir a las necrópolis de noche en las que se agotaba desenterrando cadáveres, algunos ya en estado casi de putrefacción.

Tuvo una época después de la Segunda Guerra Mundial que los norteamericanos pagaban bien por trasladar los restos de sus soldados muertos en combate y sepultados hacía tiempo en tierra extranjera, de forma que era algo que muy poca gente se animaba a hacer, ya que el recuerdo de estos trabajos eventuales les sobrevivía para siempre a los sujetos que se vieron obligados por necesidad a practicarlo.

Fue una época bastante fructífera para él en la que consiguió cantidad suficiente para mucho tiempo. Los dientes cloqueaban en el saco donde los depositaba y cuando encontraba alguna dentadura postiza la tiraba. Él quería los dientes y muelas legítimos, le embelesaba como brillaban cuando los frotaba. De esta forma los reducía hasta obtener un polvo que vendía como droga transformándolo en un placebo macabro.

Esto duró un tiempo hasta que casualmente se enteraron del fraude. Muchos empezaron a quejarse de la coca suministrada, que era de mala calidad y surgía poco efecto. En un momento de semilucidez, se hizo amigo de otro paria que alternaba sus estadías por el mismo lugar donde solía pedir limosna y le contó sus andanzas por los múltiples cementerios a los que estaba acostumbrado a vagabundear para proveerse de su materia prima: las dentaduras.

Ante tan espeluznante descubrimiento al otro mendigo se le erizaron los cabellos y salió trotando para ventilar el secreto a los cuatro vientos. Apenas pudo la policía librarle del linchamiento a que fue sometido y por supuesto después de todo este estrafalario asunto decidieron mandarlo a un manicomio donde sería el único sitio apropiado para una mente tan perversa y desequilibrada.

Al cabo de un corto tiempo parecía que fuese un orate calmado, hasta que un día se escucharon unas carcajadas o alaridos tan estruendosos y salvajes que todo el personal del siquiátrico salió para ver lo que ocurría.

Al llegar al pabellón del verdugo se encontraron con una escena espeluznante. Con la cara ensangrentada aparecía con una sonrisa feroz en la que solo se veía un agujero oscuro como la boca de un animal, mientras que con una mano sostenía un alicate quirúrgico y con la otra una pequeña bandeja llena de dientes y muelas: los suyos, que se había ido arrancando uno a uno dado la hermosa dentadura que tenía. La barba enmarañada y llena de babas sangrientas le temblaba mientras decía:

¡Los más perfectos, eso es, los más perfectos eran los míos y yo no lo sabía!

Doctor José Antonio Alonso Navarro

Filólogo y académico correspondiente de la Academia Paraguaya de la Lengua Española

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