domingo, marzo 22, 2026
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Un libro con historia para el recuerdo: Tradiciones del hogar, de Teresa Lamas Carísimo.

Mi querido lector, mi querida lectora, hoy quiero hacer recordar en esta columna mía dominical un libro que tiene que ver con una guerra atroz y cruenta, una guerra espantosa y terrible, una guerra en la que se abrieron con gran desgarro las más sangrantes heridas en el corazón del Paraguay: La guerra de la Triple Alianza o la guerra contra la Triple Alianza (1864-1870). En esta Gran Guerra tres países aliados decidieron machacar, machucar y destrozar las entretelas y las vísceras del Paraguay: Uruguay, Argentina y Brasil. Y todo comenzó cuando Paraguay capturó el buque brasileño Marquês de Olinda un día 12 de noviembre de 1864.

A partir de ahí Paraguay, tras algunos años de feroces luchas, acabaría convirtiéndose triste y fatídicamente en un pez herido al que solo le quedaba ya dar coletazos entre llamas y cenizas, llantos de mares, piélagos de amargas lágrimas, risas quebradas, alegrías rotas y un alma resquebrajada por tanto dolor y sufrimiento. Sin embargo, esa guerra no será olvidada jamás gracias a los numerosos documentos y escritos históricos que han ido aparecieron a lo largo de los años como resultado de ella y, de modo especial, a aquellas obras literarias que se esforzaron en levantar el ánimo de los paraguayos exaltando la naturaleza de su raza y cantando el denuedo, el valor, y coraje y el brío de aquellos que habían luchado y sacrificado sus propias vidas y a sus propios hijos por un país que había estado siempre a la cabeza y por encima del resto de los países sudamericanos.

En el marco de este contexto bélico, histórico y social, la escritora paraguaya Teresa Eulalia Lamas Carísimo (1887-1976) quiso relatar años después con su fina y exquisita pluma historias relacionadas con esa Guerra Grande tan triste con tintes y barnices propios del Romanticismo en una línea, si se quiere, de Neorromanticismo tardío y con ciertos aires costumbristas, historias que había escuchado en boca de sus abuelas. Teresa Eulalia Lamas Carísimo nació en Asunción, Paraguay, el 10 de diciembre de 1887. Sus padres fueron Vicente Lamas y Silva y Clementina Carísimo, personas ilustrísimas por aquel entonces por tradición e historia.

Doña Teresa, descendiente nada más ni nada menos que de don Domingo Martínez de Irala y Albisúa (1509-1556), tiene el honor de haber sido la primera mujer en haber escrito un libro en el Paraguay: Tradiciones del hogar, obra que reúne una colección de historias con aire romántico y pátina costumbrista sobre la vida familiar. Después de Tradiciones del hogar (que tendría una segunda versión en 1928), doña Teresa publicó en la década de los años 40 y 50 las obras Huerto de odios (1944) y La casa y tu sombra (1955), respectivamente. Sin embargo, doña Teresa tuvo tiempo de hacer muchas cosas más aparte de escribir libros, como, por ejemplo, colaborar en numerosos periódicos locales y desempeñar una activa como extraordinaria labor filantrópica al cofundar en 1918 la Asociación Nacional de Damas Caritativas, un organismo contra la tuberculosis, y al convertirse en un miembro destacado de la Cruz Roja paraguaya.

El encomiable autor paraguayo don Ricardo Caballero Aquino escribió profusamente sobre tan notable escritora paraguaya en su libro titulado Teresa Lamas Carísimo (2013), y en el mismo nos ofrece datos muy interesantes sobre su vida y obra, entre ellos, que la escritora pertenecía a una familia de elevada alcurnia y de enorme solera y raigambre en el Paraguay que había sido perseguida por el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, seguramente por no tener muchas ganas de “soportar caprichos autoritarios de los gobernantes”. También leemos y aprendemos de la pluma de don Ricardo que doña Teresa tenía un hermano poeta de nombre Vicente Lamas Carísimo, lo que nos da una idea del ambiente cultural e intelectual tan vívido y vibrante que se respiraba en su entorno familiar y en la inclinación que tenía la familia de doña Teresa hacia las letras y la cultura. Pero aquí nos interesa mucho su libro Tradiciones del hogar donde nuestra querida y admirada escritora nos ofrece unos relatos escritos con una prosa deliciosa y amena que había escuchado de sus abuelas en la placidez, recogimiento y calidez del hogar.

Ambas abuelas habían quedado viudas en la flor de sus vidas el mismo día, nos cuenta don Ricardo, en la batalla del Estero Bellaco el 2 de mayo de 1866. Estas dos mujeres, lejos de lamentar su situación personal, se sentían muy orgullosas de que sus esposos se hubieran sacrificado por Paraguay como siempre habían hechos las más ilustres y eximias familias en el Paraguay. Y siguiendo ese mismo espíritu patriótico y nacionalista transmitido por sus abuelas, Lamas Carísimo escribió sus historias vinculadas a la Guerra Grande impregnándolas de elementos que estuvieran destinados, sobre todo, a subir la moral de los lectores como paraguayos y a intensificar el sentimiento patriótico y nacionalista, motivo este muy recurrente en el Romanticismo decimonónico. Contribuyó evidentemente al cultivo de tan magnífica pluma una agraciada formación humanística e intelectual que fue consolidándose con el paso de los años a pesar de las dificultades que la escritora halló en su camino, que no fueron pocos, como suele suceder en esta vida azarosa.

Tradiciones del hogar es, a mi juicio, uno de esos libros que mejor identifican a una autora en su quehacer literario, pues supo preservar, de manera especial, en palabras de don Ricardo “recuerdos, anécdotas y leyendas de la tradición oral salvándolas de la extinción, la tergiversación o la desnaturalización por el solo paso del tiempo”.

No obstante, en Tradiciones del hogar doña Teresa no solo legó a la posteridad historias familiares (acompañadas de fotografías de la época) que cuentan con un aura romántica y costumbrismo pintoresco las experiencias de sus abuelos, tías (como la de tía Antonia) o de su propia madre a lo largo de la Guerra contra la Triple Alianza, sino que, en cierta forma, proveen material que nos llevan a concebir ciertas ideas fundamentales para la comprensión de todo un acontecimiento que fue clave y decisivo en la historia del Paraguay como fue la guerra contra la Triple Alianza, una guerra en la que un solo país se atrevió a enfrentarse solo y sin aliados a tres países que entonces destacaban por su elevada preparación militar y su arsenal bélico: Argentina, Uruguay y Brasil.

Entre las ideas que nos sugiere el libro de 1921 están que Paraguay no estaba ni mucho menos preparado para incursionar en un conflicto de tal magnitud a pesar de la propaganda desplegada en la época. Según don Ricardo esto puede apreciarse “en las experiencias personales de los parientes obligados a fungir de combatientes con capacitación somera para la apuesta guerrera (…)”. En este sentido Tradiciones del hogar puede considerarse un fiel testimonio en el marco de la historia del Paraguay y de una guerra que aún está muy presente en la memoria del pueblo paraguayo.

El estilo impreso en los relatos de doña Teresa es de una sencillez, pero de una pulcritud desmesurada, no exento, como ya hemos dicho, de un toque e influjo románticos que se perciben en seguida al comenzar a leerlos. Podría decirse incluso que el aroma del romántico Gustavo Adolfo Bécquer se encuentra latente en ellos: en las descripciones de sus protagonistas, en las pinceladas de sus ambientes, en la manifestación de los sueños personales, en la aparición de los miedos y temores. La lectura pausada y tranquila de los relatos de doña Teresa me ha traído a la memoria las Leyendas del escritor sevillano, puesto que estas leyendas o historias, como los de doña Teresa, son historias breves que están impregnadas de un indiscutible romanticismo que realza el amor apasionado lejos de cualquier insinuación carnal o mundana, los ambientes desoladores, los lugares en ruinas, una atmósfera sobrenatural y lúgubre, los paisajes abandonados y ajados por el paso del tiempo, la nostalgia de los recuerdos, la juventud marchitada, las ilusiones insatisfechas… y todo ello con una prosa, además, profundamente intimista y poética.

Una de las historias que más me ha conmovido e inflamado tanto mi corazón como mi razón ha sido Junto a la reja, historia que gira en torno al amor imposible y no realizado de tía Antonia, cuyos sueños de casarse con su novio Salvador se vieron truncados por culpa de una vil intriga. Y precisamente este mismo relato escrito con el material de un tenue y leve velo hecho de tul me ha recordado a La promesa de Bécquer, pues esta historia versa, como Junto a la reja, sobre el tema del dolor y el sufrimiento vinculado a la separación de la persona amada. La promesa recurre al tema del amor eterno y tiene como protagonista a un hombre que promete a su amada que volverá por ella, promesa que no se cumple finalmente por causa de fuerzas externas, tal como ocurre en el relato de doña Teresa.

Algunas historias de Tradiciones del hogar de Teresa Lamas Carísimo y de Las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer tienen en común la presencia de una ambientación sombría, romántica, melancólica (o nostálgica) y misteriosa, la exploración de los sentimientos del ser humano asociados a distintas circunstancias tanto vitales como históricas y, en ocasiones, la presencia de la naturaleza como reflejo de los sentimientos humanos.

Por otro lado, si Gustavo Adolfo Bécquer fue uno de los máximos representantes del Romanticismo en España, Teresa Lamas carísimo lo fue del Neorromanticismo paraguayo, y digo Neorromanticismo porque mientras el Romanticismo estaba aún vigente en muchos países de Europa, en Paraguay se estaba librando una fatídica guerra y no había tiempo para versos románticos ni amores sublimados, sino para el estridor de las armas y la defensa del país. Solo algunos años después fue posible disfrutar de ese Romanticismo en literatura que no había podido disfrutarse en su momento.

El día del fallecimiento de doña Teresa la también insigne e ilustre escritora Josefina Plá escribió las siguientes palabras (resumidas de un texto más largo): “(…)  Dama de fino temperamento, fue la primera mujer que incursionara públicamente en el campo de la literatura nacional. Su linaje se remonta en línea recta hasta el capitán conquistador de nuestra tierra Domingo Martínez de Irala. Realizó sus estudios en el colegio de la Providencia y en la escuela Normal de Asunción. Contrajo enlace con el conocido periodista y hombre de letras en nuestro ambiente de nacionalidad argentina José Rodríguez Alcalá. Del matrimonio nacieron seis hijos, Hiram, Ramiro, Guido, Hugo, Teresa y Beatriz (…). La señora de Rodríguez Alcalá, con su desaparición deja un profundo vacío y se constituye en un ejemplo para las generaciones venideras por sus cualidades y tesón en su labor intelectual y humanitaria”.

Querido lector, querida lectora, voy a incluir en esta columna el relato Junto a la reja para que paladees y puedas recrearte en una de las historias de doña Teresa, esto es, en un pedacito de la historia y la intrahistoria paraguayas. Si la lees, no la olvidarás.

Junto a la reja

La temperatura de aquella noche de diciembre era sofocante, y mi tía Antonia Carísimo Jovellanos, apagando la lámpara, abrió la ancha ventana de su cuarto. -Nos alumbraremos con la luna -dijo- y asomándose al patio, aspiró con deleite el aire cargado de fragancias. En el rectángulo de luz dibujado sobre las vetustas baldosas por la luna, destacaban sus arabescos las artísticas rejas de madera primorosamente labrada. Esas rejas, maravilla del arte colonial acaso única en su género, existen aún en la casa de mis abuelos, la vieja casa todavía en pie a través de tres largos siglos y en la que me parece ver refugiadas tristes en el olvido a que las condena la ciudad nueva, las románticas memorias de la Asunción de antaño. El desconocido artífice que talló esas joyas dio vida en ellas a un sueño de fantásticas quimeras, infundiendo un espíritu vibrante a la materia. El amplísimo corredor sobre el cual se abrió la ventana encuadraba el patio cuyas viejas losas rotas y gastadas hablan hasta hoy de las incontables lluvias y de los largos soles ardientes que las resquebrajaron y patinaron. En la época que me pongo a evocar el caserón no estaba aún ruinoso, como empieza a estar actualmente. Retoños jóvenes de la antigua familia que confundía los recuerdos de su origen con las crónicas de la fundación de la ciudad florecían en la casona solariega blasonada de historia e idealizada de leyenda.

 ¡Las historias, leyendas y tradiciones! ¡Cuánto las amaba yo y con qué fuerza sugestionaban ellas mi alma soñadora! Sabía yo que entre esos recios paredones se había amado y sufrido mucho, y que damas y señorones allí nacidos tuvieron que hacer en la vida de la ciudad de los viejos tiempos. Aquella anciana tía, bajo cuya cabellera blanca un rostro de madona guardaba las huellas de una notable belleza, tenía una historia guardada en lo más recóndito de su recuerdo; una triste y dulce historia de amor que jamás franqueara sus labios. Anciana por su mucho vivir, pero juvenil por su espíritu triunfante de los quebrantos azares de la existencia, tía Antonia aromaba de romanticismo el secular caserón y con su sonrisa y con su porte ponía en sí misma una gracia llena de melancolía. Nunca quisiera ella hablarnos de su historia; impedíaselo el cándido pudor de su recuerdo. Pero esa noche, la penumbra discreta de la luna blanca y el aroma intenso del jazmín mango, que en el centro del patio se erguía empenachado con los magníficos ramilletes salmón-rosa de sus flores, fueron, quién sabe por el sortilegio de qué evocación, cómplices decisivos de mi curiosidad hasta entonces resistida. Y la historia brotó de los labios que fueran tan inútilmente bellos y que guardaban la tristeza amarga y doliente del beso que no dieron ni recibieron jamás…

***

Gallardo mozo fuera él. Conociéralo al salir de oír misa en la Catedral aquel jueves santo que fue el último que se celebró con la pompa tradicional antes de estallar la guerra. Apuesto, distinguido, vivo de imaginación, galante en las maneras y en el decir, la niña prendose enseguida del mancebo.

 -Sentí -díjonos la dama- no alegría, sino un deslumbramiento que fue como un estallar de ilusiones en mi alma, seguido de un misterioso terror ante el misterio que se abría en mi corazón. Lo quise apasionadamente y, correspondida por él, el tiempo perdió para mí su medida, a la vez que la vida cobró un nuevo e inefable sentido a mis ojos. Los días se acortaban en el arrobo de una sonrisa fugitiva, tal como se alargaban en la eternidad sombría de una tarde en que no oyera resonar su paso en mi acera. En casa de nuestros parientes, los Haedo, estuvimos por primera vez juntos, y la visión de aquel atardecer la tengo en las pupilas, tal como las palabras que me dijo resuenan dulcemente en mis oídos, a pesar de que han pasado tantos años, tantos… Cuando nos separamos ese día, comprendí que yo le había dado toda, toda mi vida, y que era suya para siempre, irremisiblemente suya. Y lo fuí…

 Suspiró tía Antonia, sacudida por la evocación de sus recuerdos, guardó un largo silencio y luego continuó.

 -Nos veíamos casi todas las tardes, al pasar él por nuestra calle. Le acechaba yo desde ese balcón que da sobre la calle de la Rivera y cuando Salvador -que así se llamaba él- aparecía a pie o a caballo, sentía en mi alma encenderse todos los fulgores del sol más bello. Me pidió y fuimos novios. Renuévase en mí el temblor con que le vi llegar a hacer su primera visita, con la solemnidad que era de rigor en aquel tiempo. Lo veo avanzar, un poco pálido por la emoción, aunque iluminado su rostro por una sonrisa, ante el estrado donde mi madre le acogió afectuosamente. Toda la familia hacía acto de presencia en el salón y Salvador se ganó la voluntad de ancianos y jóvenes porque para unos y otros tuvo durante la velada alguna palabra oportuna o amable. Y empezábamos ya los preparativos para la boda próxima, cuando caí enferma de cierto cuidado.

 Luché entre la vida y la muerte durante largo tiempo, y devorada por la fiebre me sumergía en el horror de una pertinaz pesadilla. Era un camino a través de sombras y Salvador se marchaba por él, sin volver la cabeza, desoyendo las imploraciones angustiosas con que yo le llamaba a mi lado. Se iba, se iba sin que yo pudiese atajarlo, sorda su crueldad a mis lamentos. Despertaba sollozando en un grito, y sólo podía volverme a la realidad, en la semi inconsciencia de la fiebre, el ver junto a mi lecho a Salvador que fingiendo sonreír mientras lloraba, me colmaba de cariños y hacía burla de mi pesadilla. Estigarribia, el médico de casa, y más que médico amigo celosísimo, impuso mi salida al campo para procurarme un pronto restablecimiento. Defendime cuanto pude, no queriendo separarme de Salvador, pero hubo de resignarme y una mañana vi llegar a casa el carretón de altas ruedas, con cortinillas de terciopelo granate y acojinados asientos dispuestos para servir de cama, que había de llevarme a la lejana estancia misionera, donde con mi hermana mayor, cuyas ternuras fueron de madre para mí, pasaría una temporada imprecisa. Subiéronme, más que subí al vehículo, quebradas mis fuerzas por el dolor de la partida. Salvador, a caballo, hízome compañía hasta las afueras de la ciudad y cuando le vi volverse, envuelto en una nube de polvo, no sé qué presentimiento renovó en plena lucidez de mi espíritu la pesadilla febril que tanto me hiciera sufrir en los días de mi enfermedad. Por un camino entre sombras, Salvador se iba, se alejaba, se perdía para mí, insensible a los latidos de mi corazón que le llamaban…

***

Ni la cariñosa cogida que hallé en la estancia, donde todas las voluntades pusiéronse sin tasa a mi servicio, ni la belleza del campo, ni las mil distracciones con que todos trataban de alegrarme, pudieron sacarme del doloroso abatimiento en que la separación de Salvador me sumergiera. Pasaron quince días, pasó un mes y luego otro y otro más, sin que me llegase una letra de mi novio, y eso que en el transcurso de todo ese tiempo más de un enviado llegara de la ciudad en busca de noticias mías. Yo sufría y callaba. Por complacer a los míos iba sin oponer resistencia a donde querían llevarme para proporcionarme halagos y distracciones: a las yerras, a las tareas, a las mollendas, a las esquilas pero a todas partes llevaba, muy escondido, mi orgulloso dolor. Me cortejaron jóvenes y apuestos estancieros que se disputaban mi mano. La frialdad de mi indiferencia les hizo ver muy pronto que nada podían esperar de mi corazón. Y entre tanto, a veces yo me preguntaba: ¿por qué no le escribí para pedirle cuenta de su silencio? ¿Por qué sobre la inmensa llamarada que me devoraba4 el corazón puse la ceniza de mi helado orgullo? De silencios, así están hechos muchos trágicos destinos… Hasta que, cierto día, uno de mis parientes Teo, trájome de la ciudad una carta de mi sobrina María Antonia Egusquiza. La abrí con el pavoroso temblor de un presentimiento triste. Después de darme minuciosos informes sobre mis hermanos y diversas circunstancias5 de la vida de mi familia, María Antonia me ponía este párrafo: «aquí es voz corriente que te casas con un estanciero, joven y apuesto por lo que te felicito». Fue aquello como si el mundo se desplomase a mis pies. Hízose la luz en mi entendimiento y lo comprendí todo. Sí, comprendí que mi ilusión había naufragado; vi mi sueño desvanecerse entre las sombras de un camino por el que Salvador se alejaba irremediablemente de mí. Nadie me vio llorar. Nadie oyó una queja salida de mis labios. Pasaba las noches atormentada en el infierno del insomnio, retorciéndome, llorando a mares, anhelando la muerte, pero al salir de mi cuarto aparecía serena y sonriente por un esfuerzo de mi orgullosa voluntad. En este estado de ánimo recibí, poco después, la noticia terrible: Salvador acababa de casarse con una de mis primas, Dolores. Mi hermana mayor, una solterona cándida, adivinó en mi tristeza el drama que llevaba en el alma y procuró consolarme. Corazón, el suyo, que jamás fuera agitado por las pasiones, apacible como la inocencia misma, no podía comprender mi dolor. ¿Qué un novio se marchaba? Pues puedes elegir el que más te guste entre los muchos festejantes que te rodean -me decía con la más cariñosa convicción, sin adivinar que mi duelo era definitivo. Y agregaba, tiernamente: ¿no eres hermosa y buena como pocas? Pero yo, herida sin remedio, cerré orgullosamente mi alma como un cofre, y allá en el fondo de ella, donde nadie podía verlo ni presentirlo, siguió ardiendo inextinguible el fanal de mi cariño. Me había dado totalmente a ese amor, en un voto que era un juramento inviolable, y en el naufragio de mis ilusiones volví a jurar que sólo para su recuerdo viviría los años todos de mi vida…

 ***

Volví a la ciudad, ya restablecida del todo. Una vaga sombra de tristeza que velaba mis ojos, ahogó la alborozada alegría con que me acogieron en casa. Como si nada hubiera ocurrido, nadie me habló de Salvador, ni yo jamás le aludí en mis conversaciones. ¡Pero cuánta lágrima amarga regó la vieja reja confidente, esta misma reja tras la cual estamos ahora y que tanto poder de evocación tiene para mí!

Calló un momento tía Antonia, con los párpados entornados, como si a través de la reja contemplase las imágenes revividas en su relato. Yo la saqué de su silencio preguntándole:

 -¿Y no volvió usted a verlo?

 -Sí, dos veces volví a verlo. Se daba en el Club Nacional, el gran club de mi tiempo que, como has oído referir en las frecuentes remembranzas6 de familia estaba instalado en la casa grande que ocupa hoy el tribunal, en la calle Palma. Ni me pasó por la cabeza el ir en los primeros días de cundir la noticia de la fiesta, pero mis hermanas me convencieron de que no debía faltar. Por primera vez me hablaron de Salvador: «debes ir Antonia, para no darle el gusto de mostrarte quebrantada». Poderosa razón fue esta para mi fiero orgullo y dejé que me preparasen el vestido con que había de asistir al sarao. María Antonia, tan buena siempre, lo eligió.

 -Irás de manola -decidió- ¡ya dirán los comentos que fuistes la reina de la fiesta!

 Y fue un febril vaciar de los viejos arcones en busca de encajes, de sedas, de chales, de toda lava de adornos adecuados. De raso color oro era el traje y de terciopelo negro el justillo que descubría los hombros y los brazos. Tú has leído en El Semanario la crónica de aquel baile, en la que se dice que está tu tía, convertida por los años en sombra de lo que fue, mereció ser declarada reina de la fiesta…

 -Sí tía -le contesté- El Semanario elogia mucho tu belleza en la crónica de la fiesta, la que suelo leer cuando tú andas en tu arcón revolviendo cosas de aquel tiempo, entre las que guardas el amarillento ejemplar del periódico.

 -Es que puse en mi tocado una coquetería que hasta entonces nunca exaltara mi deseo de aparecer hermosa. Coquetería de mujer burlada que anhela vengarse embelleciéndose a los de quien no será ya su dueño. El fuego de mi orgullosa altivez encendíame las mejillas y ponía relámpagos en mis ojos. Fui una manola bizarra, arrogante y deslumbradora. Los que así me veían, ¡qué lejos estaban de imaginar el drama de mi corazón!

 De pronto le vi venir hacia mí. Temblé toda, pero enseguida me sobrepuse a la emoción del encuentro. Me saludó cortésmente y me pidió una pieza. Vacilé, pero fue un segundo; el orgullo acudió en mi auxilio. Venciendo sollozos que me ahogaban, le tomé el brazo y salí a bailar. ¿Qué me dijo? No lo comprendí bien del todo, pero sí resonó claramente en mi alma un áspero reproche suyo -parientes y amigos suyos me dijeron, Antonia, que usted se casaba en las Misiones…

 -¿Yo?

Lo miré largamente, con miradas que debieron parecerle puñaladas, y sólo atiné a repetir:

 -¿Yo?

 Demudósele el rostro a él, me miró largamente con un aire de infinita sorpresa, y se estremeció todo. Y con voz trémula:

 -¿Fue obra de una intriga entonces?, ¡de una infame intriga!… -me dijo, ya con los ojos nublados de lágrimas.

 Sentí una loca alegría; alegría sí de que su desvío no hubiese sido olvido con que estafara mi cariño. Sentí reparado mi orgullo de mujer apasionada. Y cuando iban a flaquearme las fuerzas ante su dolor con riesgo de enajenar mi secreto, el orgullo volvió a prestármelas para escapar de él, como escapé, sin que él comprendiese que aquella manola que se le apartaba ceremoniosa y fría, llevaba el corazón traspasado, aunque triunfante… Horas después, cuando estuve en mi cuarto a solas con el tumulto de sentimientos y de impresiones que se agitaba en mi pecho, lloré, lloré a raudales, pero algo de consolador tenía ese llanto. ¡No me olvidó, no me olvidó! -me gritaba el eco de su palabra temblorosa. Y renové, entre sollozos, el juramento de seguir siendo idealmente suya… Y mi desesperación trocose en una suave melancolía, y el turbión desgarrante de mi llanto volviose un dulce llorar, embellecido por la ilusión intacta. Sin ir a un convento, enclaustré mi vida. Yo dejé el mundo a los veinte años floridos, porque mi corazón no sabía darse sino definitivamente en su lealtad, como se urja vez y al darse de diera, ya no podía recogerse jamás…

 -¿Y no volvió a verlo más, tía Antonia?

 Sacudió la blanca cabeza, que lo parecía más por el reflejo lunar que la empolvaba de plata, y los ojos maravillosos, que aún conservan a los 70 años toda la luz juvenil, nubláronsele de lágrimas.

 -¡Oh!, sí, volví a verle una trágica tarde, la víspera de ser fusilado. El mariscal López le condenó a morir en aquellos horrorosos días de la guerra y él, al ser conducido al lugar del suplicio lidió que le hicieran pasar por casa. Le estoy viendo aparecer por esa calle de la Rivera, por donde tantas veces paseara bajo mi balcón su apostura y su rendimiento. Venía en cuerda de presos, poblado de barba el rostro, doblado el continente, vencido el mirar de su pupila. Lo adiviné, más que lo reconocí, al atisbar su paso. Él no me vio, pero sus ojos se clavaron en el balcón de los dulces recuerdos. Sentí su despedida como si la recibiera en sus brazos y no salí a gritarle entre sollozos mi adiós supremo porque recordé que, aun cuando yo era suya, él no era mío…

*Doctor José Antonio Alonso Navarro

Filólogo y académico correspondiente de la Academia Paraguaya de la Lengua Española

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