Siempre he dicho, querido lector, querida lectora, que si quieres hablar de una persona en justicia y como se merece es en vida, no después, pues no tiene sentido hacerlo así. La persona homenajeada tiene derecho a saber y a disfrutar qué es lo que se está diciendo de ella o lo que se opina de ella en vida, sobre todo, si dichas palabras son tan elocuentes como laudatorias o encomiásticas. Y yo deseo dedicar esta columna mía de hoy a ensalzar las cualidades y virtudes de un hombre al que considero un gran ser humano, un gran humanista, un gran compañero y un gran amigo: don Miguel Ángel Fernández (1938), una persona que ha hecho mucho por la cultura en Paraguay, sobre todo, en el campo de la crítica literaria y de la creación literaria.
Conocí a don Miguel Ángel hace muchos años en una universidad asuncena, y desde entonces me atrajo su irradiante personalidad auténtica, genuina, honesta y sincera, la voz de su quehacer poético y su rechazo vehemente de los convencionalismos sociales, la mediocridad cultural del entorno, la literatura displicente hecha para el entretenimiento de las masas chocarreras y chabacanas tanto de baja como de alta estofa y las absurdas y groseras modas literarias de academias literarias sin fondo ni sustancia. Don Miguel Ángel también llamó mi atención por decir siempre las cosas con esa pátina de convencimiento en sus ideas y sistema de creencias inherente a los grandes hombres que ya han sopesado y justipreciado el devenir del mundo durante largos años y consideran que es hora ya decir la verdad de las cosas con una mirada espejada y puesta en lo más puro y genuino.
Como poeta, don Miguel Ángel nos ha regalado desde sus comienzos como bardo con obras como Oscuros días (1960), A destiempo (1966), El fuego (1970), Litterae (1996), En Al-Andalus (1998) y Litterae (2007), entre otras. Su poesía, mi querido lector, mi querida lectora, me parece tan intimista como filosóficamente existencialista. En su seno hay cabida para momentos intensos de introspección emocional y reflexión profunda sobre la vida, sobre uno mismo, sobre el mundo, sobre el ser humano y sobre otras cuestiones de elevada transcendencia metafísica, como eso que llaman los creyentes “Dios”.
Juzgo que la poesía de don Miguel Ángel es existencialista porque, de alguna manera, directa o indirectamente, hay una búsqueda del sentido de uno mismo y de la propia existencia, de la verdad y de la naturaleza del ser, y todo ello desde una voz poética esencialmente intimista revestida de aparente sencillez formal, pero no exenta de abstracción en su fondo. Dicho así, por lo tanto, don Miguel Ángel es un poeta existencialista y provocador que trata de buscar un equilibrio entre razón y emoción para que las ideas abstractas y de transcendencia filosófica tengan eco en el lector racional y emocionalmente, así como también objetiva y subjetivamente. No hay duda tampoco de que el tono de su poesía es, en ocasiones, elevado y reflexivo e induce a la meditación, al recogimiento y a la contemplación desde el pasado y el presente y, en otras, más directo y desafiante, tratando de otorgar al rumbo de nuestra vida nuevos aires caracterizados por la acción y el compromiso, y a despertarnos de nuestro letargo anímico y espiritual. Tiene que ser de esa manera porque la poesía de don Miguel Ángel busca la verdad filosófica y el conocimiento metafísico de los elementos del mundo y de su esencia como tal, como hicieron ya otros poetas en el pasado.
En ella, además, me ha parecido encontrar retazos de Fernando Pessoa y de Rainer Maria Rilke, de Rubén Darío (en la música), de Rafael Alberti y de Miguel Hernández, pero sin perder los rasgos más acentuados de una poesía intimista particular ornada por un intenso flujo emocional y una espiral de sentimientos personales que amalgaman desengaño y desencanto, pesimismo, tragedia, duda, dolor, malestar, nostalgia y, en algunos momentos vagos, esperanza… La poesía de don Miguel Ángel es, en términos generales, por lo tanto, una poesía de introspección, esto es, de autoexploración que busca hallar la autenticidad de sí mismo en un mundo trágico y dolorosamente sin sentido a destiempo y absurdo y hacer uso (en un acto de comunión) de las formas poéticas y de las palabras más genuinas, vibrantes y latentes a su alcance para cincelarla y darla forma material y tangible. Sin esa fusión el poeta no podría manifestar plenamente su “yo” auténtico y evocador conectado con su percepción de un mundo degradado, desequilibrado, con antagonismos y tensiones y abocado a un destino fatídico y funesto.
En su faceta de crítico literario y de arte don Miguel Ángel ha publicado algunas obras sobre el arte paraguayo moderno e historia del arte en general, así como una buena cantidad de ensayos y artículos sobre literatura. Sin embargo, un intelectual no llega a serlo del todo si no se compromete a través de su agitada y convulsa pluma a defender aquellas causas que coadyuvan a sacar al ser humano de su alienación y opresión políticas. Esto es algo que ha sabido siempre don Miguel Ángel, por eso desde muy joven se revistió con su armadura quijotesca y con denuedo y brío dedicó sus esfuerzos a combatir activamente contra la dictadura stronista abogando por la libertad y una vida libre del yugo de un régimen autoritario.
En los años 90 su compromiso político se vio acrecentado aún más luchando contra las políticas neoliberales que tantos pobres están produciendo en el mundo, que tantas injusticias están causando, y que tanta incertidumbre han encendido en los corazones de los justos. Su trabajo como editor de obras esenciales en el marco de la literatura paraguaya es valiosísima. Ha editado las obras completas de Rafael Barret, las poesías reunidas de Augusto Roa Bastos, los cuentos completos de Josefina Plá (en dos volúmenes) y las poesías completas de Hérib Campos Cervera, Julio Correa, José Concepción Ortiz, Nelson Roura y Carmen Soler. Asimismo, fue coautor en 1992 de una antología sobre poetisas paraguayas. Y como testigo mismo de la historia, don Miguel Ángel no solo escribió sobre algunas de las más afamadas escritoras, sino que también trabó amistad con algunas de ellas, como, por ejemplo, con Josefina Plá, maestra y amiga durante muchos años.
Querido lector, querida lectora, Miguel Ángel Fernández es mi amigo y maestro, un gran hombre y un hombre esencialmente bueno, como don Antonio Machado. A veces, cuando voy solo a comprar al supermercado un sábado o un domingo, lo suelo ver a cierta distancia comprando también, solo, como yo, fuerte, decidido, a pesar de su edad ya, con la mirada viva, inquisitiva, esa mirada que aún conservan las personas nobles de corazón que han mirado al mundo a los ojos y se han enfrentado a él cuando era necesario hacerlo: con valentía y vigor, sin claudicar ni un ápice, en efecto, sin claudicar. Mi amigo Miguel Ángel aún tiene mucho que dar al mundo, sobre todo, poesía, esa poesía añeja elaborada artesanalmente con el paso de los años y con la mejor de las uvas del intelecto: las palabras.
Don Miguel Ángel es un herrero extraordinario que sabe forjar palabras y lanzarlas a los vientos y caireles de la poesía, palabras con las que ha coqueteado muchísimos años ya, y a las que ha sabido seducir y persuadir para que dieran lo mejor de sí mismas. Yo, que soy filólogo, lo comprendo muy bien. Las palabras son vida, las palabras son magia, las palabras son, en definitiva, las mejores armas para el combate dialéctico y los mejores instrumentos artesanales para crear belleza y esculpir emociones en el alma humana. Hay un poema en particular de don Miguel Ángel que he escogido para esta fausta ocasión. Es un poema que, de alguna manera, me ha hecho recordar a Camus que tanto habló de la filosofía del absurdo y de la vida como un conjunto de actos repetitivos alegóricamente explicada a través de su ensayo El mito de Sísifo (1942).
En este ensayo el pensador francés sostiene que la vida humana carece de un sentido inherente, y que tratar de hallar su sentido en un universo que está muy lejos del ser humano, que es indiferente, y que se muestra ajeno a los problemas del ser humano, es algo absurdo. Camus utiliza el mito griego de Sísifo, por lo tanto, para exponer la inutilidad y el absurdo de la existencia humana. A pesar de ello, como Sísifo, al que hay que imaginar feliz levantando y dejando caer su roca para toda la eternidad, tenemos que rebelarnos, confrontar el absurdo y el sinsentido de la existencia humana, y tratar de ser felices en una existencia sin sentido y con esperanza.
Este poema que he escogido de don Miguel Ángel, como digo, me ha hecho recordar esta obra de Camus. El poeta habla de esperanza y se aferra a ella para no caer en el vacío o en el pozo de la oscuridad. Camus, enfrentándose al pesimismo y a la indiferencia de su época, se abrió a la esperanza y rechazó el suicidio físico como una vía para escapar del absurdo de la existencia. Camus nos ofreció alternativas para enfrentar el absurdo de la vida humana, como forjar una ética de valores en la línea de la rebelión que dé sentido a nuestra existencia y nos anime a hacer el bien al ser humano sin esperar nada a cambio: NADA. Solo así será posible mostrar auténticamente nuestra grandeza como seres humanos.
En este poema de don Miguel Ángel que pongo en tus manos, mi querido lector, mi querida lectora, el poeta no renuncia a la luz de la esperanza en una existencia absurda a todas luces, pues en él se nos dice testimonialmente que, a pesar de las adversidades de este mundo, no tenemos más remedio que crecer hacia la luz, aunque la esperanza, finalmente, sea tan solo eso: un sueño. Don Miguel Ángel es mi amigo y un gran ser humano y hoy, con esta humilde columna, le rindo un modesto homenaje en vida.
ACTO DE ESPERANZA
Lentamente crecemos
hacia la luz:
lloramos.
La fiera mordedura del dolor
en el costado izquierdo,
la dentellada artera de la hiena,
el desaliento aleve,
el ay en la vocal errada…
Y, sin embargo,
crecemos
hacia la luz:
soñamos.
(1994)
En: De Litterae, Diálogo. Asunción, 1996.
*Doctor José Antonio Alonso Navarro
Filólogo y académico correspondiente de la Academia Paraguaya de la Lengua Española

