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El salón

Se rasgaba la piel hasta sentir fluir la sangre por su cuerpo; se retorcía y daba gritos que hacían estremecer a mis vecinos del condominio. Saltaba, se lamía la sangre y lloraba; luego descansaba desnuda al lado de la mesita de madera, arrinconada en una de las esquinas del gran salón.

Sola ella en la habitación, con luz tenue y opaca. El salón era amplio, con alfombras de buen gusto; las paredes empapeladas con figuras parecidas a las de Miguel Ángel; las ventanas, con vitrales de imágenes de Prometeo Encadenado, cuyos reflejos se mezclaban con la sangre de las venas de Sarah Von Schiller.

Cada noche, el tormento se oía como aullidos de lobos hambrientos en el condominio. Los vecinos simplemente huían, para no entrar en conflictos con nadie, y mucho menos con una loca como Sarah.

Cada noche, Sarah hacía el mismo rito; invocaba a los espíritus con una pequeña vela roja y un lazo de seda del mismo color; llamaba al alma de su esposo, quien fue muerto el día de su boda. Todo estaba listo para la boda; Sarah, radiante y feliz, iba a casarse con el hombre más apuesto y bueno de la ciudad. No duró mucho la felicidad, porque el novio cayó muerto en los brazos de Sarah, de un tiro en la cabeza. Un hombre de edad, ya viejo, alemán, se había metido entre los invitados y aprovechó la alegría de la gente para asesinar a Von Schiller, a quien creía hijo de un oficial de la SS nazi.

Sarah, desesperada, se abrazó al cuerpo de Von Schiller; solamente el cura logró apartarla de él. La llevaron al salón que estaba preparado para la noche de bodas; de allí, Sarah ya no ha salido. Sola, cada noche, desnuda, inicia sus ritos de encuentro con su amado, entre velas y danza frenética y descomposición de su cuerpo.

Sarah era bellísima; su piel bronceada como canela, su pelo negro hacía contraste con sus ojos verdes; su boca sensual, labios carnosos reventando la sangre en cada comisura que se podía divisar; su cuerpo perfecto, sus pechos redondos y firmes, terminando en la delicada suavidad de sus erectos pezones.

Allí estaba ella, preparada para su encuentro nocturno con su amado; se pegaba contra la pared, gemía de dolor y placer. Un viento helado apaga la vela y Sarah entra en trance; se extiende totalmente en medio del salón y recibe la imagen de su amado; entrega su cuerpo susurrando de placer y dolor, mordiéndose la carne, desprendiéndose las uñas de sus finos dedos, arrancándose los cabellos y gritando, solitaria, en medio del condominio.

Silencio. Agotada del encuentro que le consumió toda su energía, Sarah queda boca abajo, cansada, entre velas y lazos rojos; su cuerpo desnudo mezclándose con los colores de la alfombra y la sangre, producto de su rutinario encuentro.

Martín Claßen Von Holstein
Original escrito en Hiroshima, Japón en el año 1999.
Adaptado en Heide, Alemania en diciembre de 2013.

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