Más que la ambición monetaria, los entendidos dicen que la ambición de poder es mucho más fuerte. Y parece ser cierto, porque históricamente tenemos varios ejemplos de este fenómeno en el Paraguay. Nos dice Arturo Bray que el Dr. Rodríguez de Francia era un dictador “sin aduladores ni besamanos, jamás seducido por las riquezas materiales, pero solo enamorado del poder absoluto de gobernar sin objeción a su voluntad”. Tal es así, que no solamente vivía con una austeridad espartana, ahorrando hasta en iluminación en la hoy demolida casa de los gobernadores, pero una vez fallecido, se encontró la mayor parte de su salario, nunca cobrado, en el tesoro nacional.
Francisco Solano Lopez, si bien proclive a los lujos y a los placeres de la gastronomía fina, tuvo sin duda toda la oportunidad de retirarse, junto con su familia a alguna localidad distante y de bajo perfil, manteniendo un estilo de vida opulento y placentero, pero prefirió inmolarse en su patria, llevado por un ideal superior.
Alfredo Stroessner Matiauda, tampoco era aficionado a los grandes lujos. Si bien amasó una fortuna considerable, su estilo de vida era austero, no se lo conoce como poseedor de vehículos lujosos ni mansiones imponentes (sus retoños eran otra cosa) y un dato curioso es que nunca instaló aparatos de aires acondicionados en Mburuvichá Roga, algo que asombró sobremanera a quienes ingresaron en sus recintos luego de su violenta evicción un 3 de febrero de 1989.
Todos los citados pueden ser criticados y cuestionados por sus actuaciones y cual su legado histórico. Pero en buena ley, nadie puede decir que el norte de sus vidas era la acumulación de riquezas. Es más, en los años cuarenta, alguien dijo (tengo registrada la cita en algún lugar de mi biblioteca) que el Paraguay incipiente era “el país de los políticos honestos”. No podría ser de otra manera, puesto que las luminarias de la política de aquellos tiempos: E. Ayala, José Félix Estigarribia, J. Natalicio González, el mismo B. Caballero – para citar solo algunos – vivieron y murieron sin poseer fortuna alguna.
Esta tradición paraguaya de los poderosos “iluminados” definitivamente pasó a la historia. Hoy tenemos que la absoluta mayoría de la gente que llega al poder lo hace en base a las normas perversas del “negocio político”: primero hay que hacerse de algún cargo, aunque sea modesto, desde ahí acumular fuerza económica – a como dé lugar- para poder financiar la obtención de más poder cuya única finalidad es acumular más medios económicos para poder escalar al próximo cargo que a su vez permitirá mayores “dividendos”.
Un clásico de esta técnica es una persona que hasta hace menos de una década era un obscuro funcionario del MEC. Allí descubrió que era un negocio muy lucrativo el “gestionar” habilitaciones de educaciones educativas, muchas de ellas (incluyendo una de Horqueta donde el mismo Arévalos figuraba como director) plagadas de escándalos y denuncias de irregularidades. De cualquier manera, sus declaraciones juradas muestran cambios sorprendentes en el patrimonio de este Sr. varias veces denunciado. Aun así, la técnica le resultó. Hoy no solamente es Diputado, pero ha acumulado un capital considerable y ocupa un cargo importante nada menos que en el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados donde se pega el lujo de juzgar a jueces.
Pero el caso del diputado Arévalo no es un caso aislado o una curiosidad del rubro. La clase politica está infestada de casos como éste, que causan el doble perjuicio de lesionar gravemente las finanzas estatales y, al mismo tiempo, situar en cargos importantes a gente cuya preocupación no es la gestión gubernamental, pero exclusivamente el acumular riquezas a como dé lugar, lo que a su vez crea desempeños deficientes y mediocres, y el resultado está a la vista.
En realidad, ninguna de las motivaciones citadas, sea el dinero o el poder por el poder mismo es sana ni constructiva para ningún político, y los que tienen como norte una de estas cosas o ambas, son un perjuicio para el estado. Sólo los que tienen una genuina intención y vocación de servicio, que son motivados por una incomodidad causada por la injusticia o las deficiencias en la administracion publica, deberían ser quienes obtengan el poder.
Lo que nos queda claro es que dinero es el camino rápido al poder, y el poder es el camino al dinero. Es por eso que empresarios como algunos vialeros, han prácticamente comprado una banca en el senado y hoy, desde ahí, allanan fácilmente cualquier obstáculo para sus negocios.
En tanto no se rompa ese círculo vicioso, el fenómeno dinero-poder-dinero seguirá degradando la calidad de la clase política del Paraguay.
*Correo electrónico: Taguato1@gmail.com

