El total de la población paraguaya que vive en áreas urbanas alcanza el 63,7%. Es el porcentaje más bajo en la región, después de Guyana. Estamos sensiblemente alejados del Uruguay, que encabeza el ranquin con el 96%, seguido por la Argentina, con el 92%, mientras Brasil, Chile y Venezuela alcanzan el 88%. Este rezago no fue utilizado por el Estado para aplicar políticas públicas que orientaran el fenómeno.
Cambios en la matriz productiva
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, las economías latinoamericanas más importantes impulsaron el modelo de “sustitución de importaciones”, traducido en el aumento del PIB industrial y el de un mercado urbano, que se fue conformando en las décadas anteriores con la llegada de los inmigrantes, en su mayoría europeos.
Un país se urbaniza a medida que la concentración de la población y de las principales actividades económicas se traslada del ámbito rural al urbano, hay mayor densidad de población, viviendas, red de infraestructuras, grandes equipamientos colectivos y servicios. La urbanización presenta ventajas: una mayor demanda de servicios básicos y de bienes de consumo, que genera un mayor mercado a satisfacer, la diversificación del empleo y la complejización de las actividades industriales, comerciales y de servicios.
Las ciudades afectadas transforman el remanente de suelo rural, se extiende la mancha urbana y aparece la conurbación – unión física de ciudades aledañas, en torno a una ciudad principal que funge de cabecera – dando pie a la metropolización. Por su dimensión y número de habitantes, las metrópolis llegan constituir las “megalópolis”, continuidad física de varias áreas metropolitanas.
Desde mediados del siglo XX, aumentan las personas que viven en contextos urbanos. Hoy son alrededor del 56 % de la población mundial —4.400 millones de habitantes—, tendencia que se mantendrá; en 2050 aumentará a más del doble, con 7 de cada 10 personas viviendo en ciudades;[1] en 2040, solo un tercio vivirá en las áreas rurales.
La globalización, la revolución tecnológica y la economía basada en el conocimiento (EBC) proyectan un futuro urbano, con impactos sociales, económicos, políticos y culturales, que afectarán a las relaciones sociales, a la información como elemento fundamental para generar valor y riqueza al transformarse en conocimiento (educación, informática, I+i+D, tecnología, telecomunicaciones, robótica, nanotecnología e industria aeroespacial), la economía creativa (audiovisuales, artes visuales, sectores de diseño, grupos de edición y del espectáculo), nuevas formas de organización y acción política, con el uso de las redes sociales. Se generan nuevas expectativas, demandas y ofertas en cuanto al desarrollo personal, comunitario y social.
Aspectos locales de la urbanización
En nuestro caso, recién en 1992 el Censo informó que la población urbana superaba a la rural en un 0.5%, dinámica que, con características particulares, fue afirmándose en estas tres últimas décadas, durante las cuales el abandono del campo no respondió al cambio de la matriz productiva en favor de la industrialización, como, en sus inicios, lo fue en Europa, los Estados Unidos, Japón y, con sus particularidades, en Brasil, Venezuela y Argentina.
No fue la industria sino la expansión de los cultivos de oleaginosas y la cría de ganado – de la mano de la deforestación – los que desplazaron a la agricultura tradicional, reduciéndola a sus mínimas expresiones y fortaleciendo la desigualdad: el 90% de la tierra está en manos del 5% de los grandes propietarios y el 10% restante se reparte entre las propiedades pequeñas y medianas, que representan más del 95%, convirtiendo al país en el sexto productor y cuarto exportador mundial de soja, y al campo, poblado de niños y adultos mayores, en el mayor concentrador de la pobreza y exportador del 60% de los alimentos de origen vegetal que produce.[2]
En nuestro país la urbanización no fue objeto de políticas públicas, aun cuando los datos censales mostraban la consolidación de la tendencia y a pesar de que, 1962, se creó la Secretaría Técnica de Planificación, como se comentó en una nota anterior.[3]
En lo que va del siglo, la concentración poblacional se da en los tres sistemas metropolitanos y, en un cuarto, en formación: Asunción, Ciudad del Este, Encarnación y el que une a Cnel. Oviedo con Caaguazú y Villarrica. Ya en 2002, cerca del 80% de la población urbana se concentraba en los tres sistemas del triángulo Asunción – CDE – Encarnación, siendo el de Asunción el de mayor peso, con el 70% del total.
Entre otras omisiones, el Estado no orientó el cambio sustantivo experimentado por el Departamento Central, que, entre 1992 y 2002, estuvo cerca de duplicar su población y que, desde 2002 a la fecha, alberga una población que es casi cuatro veces mayor que en 1982, con el consiguiente aumento de la demanda de empleo, vivienda, educación, salud, agua potable y saneamiento básico, seguridad social, movilidad y transporte de pasajeros.
Según datos del Touring Club del Paraguay, en una década, el parque automotor se triplicó. De los 890.931 vehículos que había en todo el país en 2010, subió a 2.540.294, en 2020, entre automóviles, camionetas, camiones y motocicletas, con un crecimiento anual del 7%. El 47% se encuentra en el Área metropolitana de Asunción.
En 2018, los autos usados con más de una década de uso, ingresados al país, fueron el 88,5% del total, concentrados en su mayoría en Asunción y Central.[4]
Estas cifras son un botón de muestra de la política del laissez faire y del fracaso de la descentralización, alentada por la “ola descentralizadora” de los años 80, cuyos mentores la presentaron como la panacea que eliminaría la mayoría de los obstáculos para el desarrollo, reduciría al mínimo las asimetrías territoriales, mejoraría la gestión pública para hacerla más eficiente, aprovecharía las potencialidades locales y aseguraría la gobernabilidad.
Que levante la mano quien vio concretarse alguna de estas promesas.
*Correo electrónico: mabelcausarano@gmail.com

