A lo largo de la vasta existencia del viejo continente, con la suma de su historia y realidades, sin duda alguna hubo ideas y hombres detrás de esas grandes ideas que marcaron hitos intelectuales, sociales y políticos. Sin ánimo de buscar una exagerada idolatría, puedo decir que el Dr. Han, con su ensayo “La sociedad del cansancio”, hizo de sus palabras muestras de un agudo sentido de la observación e interpretación de la realidad del hombre moderno; aquel que, en busca de la riqueza, su significado y motivación, promovió al «toro de oro» al que obligó a arrodillarse, olvidando la abstracción de la figura que anhelaba.
Con la lectura adecuada y la concentración necesaria que merece su obra, podemos darnos cuenta de que el hombre, en su antiguo régimen de productividad, busca la noción del éxito, pero de tal manera que busca ser aquel que controla al prójimo con una explotación casi inhumana, o inhumana, en lo que a la historia corresponda.
Si vemos una parte de su ensayo que creo marca poderosamente el mensaje de Han:
“La sociedad de trabajo y rendimiento no es ninguna sociedad libre. Produce nuevas obligaciones. La dialéctica del amo y el esclavo no conduce finalmente a aquella sociedad en la que todo aquel que sea apto para el ocio es un ser libre, sino más bien a una sociedad de trabajo, en la que el amo mismo se ha convertido en esclavo del trabajo. En esta sociedad de obligación, cada cual lleva consigo su campo de trabajos forzados”.
Es aquí donde las letras de Han se encuentran con la máquina agobiante de la monotonía asesina de la existencia y el respeto a la dignidad del obrero. Por respeto a la verdad, no podemos hablar de un sistema que nos hace «emprender a nosotros mismos» cuando ni nosotros nos pertenecemos; pues estamos absorbidos, envueltos, curtidos y agrietados. Estamos con escasa vitalidad para contemplar lo que debamos contemplar, ni enriquecer nuestra humanidad, cuando lo que nos resta es lo mismo que buscamos desesperadamente.
El gran porcentaje de informalidad, el nulo respeto a los derechos laborales y la existencia de nuestros derechos en el papel —pero tan poco practicados en nuestra realidad diaria— me hacen llegar a la conclusión (tal vez elocuente para algunos, pero común y lógica para los que vivimos la agonía) de que no nos emprendemos, no buscamos el éxito: el obrero paraguayo sobrevive. Y cuando llega a ese estado, no está viviendo, se está desgastando.
La crítica no es capricho: es fuerza, es vida, es la voz del paraguayo cansado. Aún en las letras, el clamor por el cumplimiento y el respeto al derecho de poder vivir y ser verdaderamente libres es necesario. Las luces se apagan un viernes de 39 grados en medio de un barrio que quedó sin luz toda la noche, pero la voz de aquellos que daremos nuestra postura y firmeza por la mayoría del cansado seguirá imperante, a paso constante, hasta revolver y dar vuelta a lo que parece imposible.
Atentamente, un joven estudiante, papá y obrero, escribiendo en medio de un colectivo lleno camino a casa.

