Al excelso hispanista paraguayo Miguel Ángel Fernández
Querido lector, querida lectora, no hace mucho tiempo un alumno mío de la carrera de Lengua Inglesa me preguntó cuál era, en mi opinión, una de las composiciones poéticas más bellas y elegantes en su forma y en su fondo. Yo, ni corto ni perezoso, respondí que el soneto. Sí, en efecto, el soneto, sea cual sea su variante. Está, por ejemplo, el soneto “convencional”, que es el denominado soneto petrarquista, que consta, como ya sabes, querido lector, querida lectora, de dos cuartetos (estrofas de 4 versos) y dos tercetos (estrofas de 3 versos), con versos endecasílabos (11 sílaba métricas) y con una configuración métrica típica ABBA ABBA para los cuartetos y CDC DCD para los tercetos (aunque con variaciones dependiendo del autor: CDE CDE).
Lo normal en el soneto petrarquista convencional es que en el primer cuarteto se introduzca el tema, que en el segundo se desarrolle, que en el primer terceto (volta) haya un giro de carácter reflexivo o emocional, y que en el segundo se finalice con una conclusión. Aunque este soneto se denomina petrarquista, no fue Francesco Petrarca (1304-1374) quien lo inventó, sino el que lo usó y difundió ampliamente en su gran obra el Canzoniere (“cancionero”), obra dedicada a su amada Laura, ya fuera esta una criatura real o quimérica. Oficialmente se atribuye su creación a Giacomo da Lentini, un poeta del siglo XIII (c. 1210-c. 1260) de la corte de Federico II y perteneciente a la denominada Escuela Siciliana. Este último, que sepamos, compuso unas 16 canciones y unos 22 sonetos.
Existe también el soneto con estrambote, muy interesante, por cierto, que incorpora a la estructura tradicional de los 14 versos del soneto un apéndice final llamado estrambote, consistente normalmente de dos a cuatro versos, y cuya función es añadir un comentario al tema principal del poema. Después tenemos tres tipos de sonetos más, aunque ciertamente no menos interesantes que los dos anteriores. El soneto inglés creado por Henry Howard (1516/1517-1547), conde de Surrey, el soneto introducido por el poeta inglés Edmund Spenser (c.1552-1599), y el soneto modernista al estilo de Rubén Darío que posee rima libre o de carácter parcial.
A diferencia del soneto petrarquista, el soneto inglés, ampliamente usado por William Shakespeare (1564-1616) y otros contemporáneos suyos, consta de tres cuartetos y un dístico o pareado final. Los versos son decasílabos y tienen como estructura métrica ABAB CDCD EFEF GG. Shakespeare compuso 154 sonetos entre 1593 y 1601 y están dedicados a (1) un misterioso como bello joven, (2) a una enigmática dama oscura, no sabemos si de rostro o de alma y (3) a un poeta rival desconocido que podríamos asociar con Christopher Marlowe, a Richard Barnfield o a Ben Jonson.
Entre los poetas más renombrados en la literatura universal que han cultivado el soneto están (además de Francesco Petrarca, William Shakespeare y Edmund Spenser) Giovanni Boccaccio (1313-1375), Garcilaso de la Vega (1501-1536), Juan Boscán (1490-1542), Fray Luis de León (1527/1528-1591), Luis de Góngora (1561-1627), Francisco de Quevedo (1580-1645), John Keats (1795-1821), Percy Bysshe Shelley (1792-1822), José de Espronceda (1808-1842), Rubén Darío (1867-1916), Amado Nervo (1870-1919), Salvador Díaz Mirón (1853-1928), Gerardo Diego (1896-1987), Gabriela Mistral (1889-1957), Federico García Lorca (1898-1936), Pablo Neruda (1904-1973), Octavo Paz (1914-1998), Luis Rosales (1910-1992), entre muchos otros.
Los temas más comunes de los sonetos suelen ser el amor imposible o el amor secreto, el deseo y la pasión, la soledad y la melancolía, la fugacidad de la vida, la muerte, el amor y la sensualidad, la naturaleza, la reflexión existencial y el compromiso político y social. Y no es nada fácil escribir un soneto, querido lector, querida lectora, no, ciertamente, no lo es, solamente el que lo ha escrito o ha tratado de escribirlo con esfuerzo en sumo grado sabe el trabajo, la paciencia, el talento y la habilidad lingüística y literaria que se requieren para ello. Es evidente que el soneto está revestido de una carcasa, un esqueleto o un patrón en el que debe encapsularse el poeta quiera o no quiera. Su visión y cosmogonía del mundo, su inquietudes y ansiedades, sus anhelos y deseos, sus amores y desamores, etc., deben enmarcarse, por lo tanto, en un perímetro o cerco que le exige un determinado número de sílabas en cada verso (11), una estructura concreta (dos cuartetos y dos tercetos en el caso del soneto petrarquista y tres cuarteos y un dístico o pareado final en el soneto inglés) y una configuración métrica determinada.
La poesía es así. Es el género más sublime y transcendental de entre todos los habidos y por haber porque requiere de un dominio del lenguaje total, de un conocimiento absoluto de la preceptiva literaria y de una sensibilidad que ningún otro género literario requiere, sin quitarle mérito a ninguno de ellos. Por alguna razón, amigo lector, amiga lectora, los formalistas pusieron sus miras específicamente en la poesía como una manera de establecer la literariedad del texto literario frente a la lengua común. Jakobson se centró en esa misma literariedad (literaturnost) que hace referencia, de modo especial en la poesía, a todos aquellos procedimientos artísticos que desvían el lenguaje de la funcionalidad práctica del lenguaje cotidiano, centrándose en la forma y no solo en los mensajes producidos.
Los formalistas también hablaron de esa sensación de “extrañamiento” que solamente es capaz de causar la poesía en todas sus manifestaciones, incluido, evidentemente, el soneto, si no que se lo pregunten al propio Góngora. Si la poesía dejase de producir ese efecto de extrañamiento, entonces no sería poesía ni literatura ni nada, sería algo tan vulgar como una simple receta médica o una mera circular administrativa. Pero la poesía es capaz de restarle importancia al significado, que es el mensaje, para dárselo a la forma, que es el significante, “desaumatizando” todos los mensajes como un medio de diferenciarse del habla cotidiana. Y ahí radica la genialidad de la poesía y, en este caso, del soneto, cuánto menos claro el mensaje mejor, más nos obliga también a poner la lupa en el ritmo, la rima, el sonido, la música o la musicalidad, la cadencia y las figuras literarias que contiene la poesía. Y es que la poesía, y me centro en el soneto, alberga en su cuerpo todas las figuras literarias, que son como esas estrellas, esas luminarias resplandecientes que encienden la chispa del arte y la hermosura de la madre Estética.
¿Qué poesía no ha resplandecido alguna vez al alojar en su pecho una aliteración, un hipérbaton, un calambur, un oxímoron, o la más sublime de todas las estrellas literarias, la metáfora? Amigo lector, amiga lectora, viaja conmigo, aunque sea tan solo un instante, en un periplo poético durante el cual has de hallar en el camino algunos hermosos sonetos. Comenzamos con este soneto de Góngora que ensalza la gloria del Escorial:
Sacros, altos, dorados capiteles,
Que a las nubes borráis sus arreboles,
Febo os teme por más lucientes soles
Y el cielo por gigantes más crueles.
Depón tus rayos, Júpiter; no celes
Los tuyos, Sol; de un templo son faroles
Que al mayor mártir de los españoles
Erigió el mayor rey de los fieles.
Religiosa grandeza del Monarca
Cuya diestra real al Nuevo Mundo
Abrevia, y el Oriente se le humilla.
Perdone el tiempo, lisonjee la Parca
La beldad desta Octava Maravilla,
Los años deste Salomón Segundo.
Y ahora deseo compartir este otro de Federico García Lorca titulado Llagas de amor, que está colmado de amargura ante un amor contradictorio presente, aunque ausente, que duele y se siente con hondura en el pecho y en el alma. El soneto está preñado de paralelismos que dañan tanto como saetas y tanto como sufre el poeta en su interior.
Esta luz, este fuego que devora.
Este paisaje gris que me rodea.
Este dolor por una sola idea.
Esta angustia de cielo, mundo y hora.
Este llanto de sangre que decora
lira sin pulso ya, lúbrica tea.
Este peso del mar que me golpea.
Este alacrán que por mi pecho mora.
Son guirnalda de amor, cama de herido,
donde sin sueño, sueño tu presencia
entre las ruinas de mi pecho hundido.
Y aunque busco la cumbre de prudencia
me da tu corazón valle tendido
con cicuta y pasión de amarga ciencia.
El que viene ahora es uno de los mejores sonetos que he leído en mi vida, sobre todo por la retahíla de metáforas que lo adornan. Se titula El ciprés de Silos y lo compuso el ilustre poeta santanderino de la generación del 27 Gerardo Diego el 3 de julio de 1924. Está dedicado a un ciprés situado en el monasterio burgalés de Santo Domingo de Silos. El poema fue escrito en el libro de firmas del monasterio, y si no hubiera sido por el también poeta español de la generación del 27 Pedro Salinas, este no habría sido incluido en el poemario Versos humanos, poemario con el que ganó Gerardo Diego (compartido con el poeta gaditano Rafael Alberti) el Premio Nacional de Literatura en 1925.
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas de Arlanza
peregrina al azar, mi alma sin dueño.
Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales.
Como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.
Este que viene ahora, amigo lector, amiga lectora, es un canto a la perpetuidad del amor, a su eternidad más allá de la muerte. Se trata de un soneto de Francisco de Quevedo titulado Amor constante más allá de la muerte en el que advierte muy claramente que la muerte podrá acabar con su cuerpo, su carne, su materia y su sustancia, pero no con la llama del amor y tampoco con la pasión suya como enamorado. ¡Polvo sí, mas enamorado para siempre!
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso linsojera;
mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa;
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Y como no podría dejar de incluir a Garcilaso de la Vega en este periplo por un sendero plagado de sonetos, ahí viene uno suyo de su autoría que nos recuerda que el tiempo no perdona y que, tarde o temprano, hace estragos por donde pasa, especialmente cuando se lleva la hermosura y lo mejor de la juventud lozana:
En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende el corazón y lo refrena,
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena,
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el tiempo helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.
Y sirva ahora el siguiente soneto como ejemplo de lo que es el amor cuando se viste con los ropajes del erotismo y la sensualidad. Lleva el título de Amaranta y fue escrito por Rafael Alberti.
Rubios, pulidos senos de Amaranta,
por una lengua de lebrel limados.
Pórticos de limones, desviados
por el canal que asciende a tu garganta.
Rojo, un puente de rizos se adelanta
e incendia tus marfiles ondulados.
Muerde, heridor, tus dientes desangrados,
y corvo, en vilo, al viento te levanta.
La soledad, dormida en la espesura,
calza su pie de céfiro y desciende
del olmo alto al mar de la llanura.
Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,
y gladiadora, como un ascua impura,
entre Amaranta y su amador se tiende.
Y cuando la voz alcanza cotas máximas de lirismo e intimidad brotan sonetos como este de la mano de Josefina Plá escrito en 1939:
Blanda en mi entraña, como tibia lluvia,
beso aplastado corazón a vena;
tiembla en mis ojos, como sol en río
tañe en mis pulsos dolorida plata.
Pincel que te dibuja estremecida
rama en el agua azul de mis anhelos
pasa por mí, y se lleva mi dulzura
como un rayo de luz que fuese abeja.
Ave a quien le nací con viento y nido,
su ala sabe el curso de mi arroyo,
y en el ángulo agudo de su vuelo
-punta de corazón hiriendo en flecha-
una gota de sangre nueva siempre
recarmina las rosas del deseo.
Y si me lo permites, mi querido lector, mi querida lectora, yo también quiero contribuir con dos sonetos de mi propia cosecha. El primero de ellos está dedicado a una huerta a la que acudo de vez en cuando para huir de los desaires y pesares de este mundo, y palpar lo más puro y genuino de la naturaleza y sus frutos; una huerta colorida pintada con el azul y rojo de los guacamayos y el verde y amarillo de sus palmeras bañadas de sol. El segundo de los sonetos es un homenaje al amor carnal y serpenteante, amor gozoso, vivo y hermoso que nos recuerda que somos, por encima de todo, seres humanos de carne y hueso revestidos de una humanidad que funciona a través de la electricidad de la pasión vital.
A mi huerta
Eres, huerta florida, un don de paz,
mosaico terrenal de luz dorada,
para el espíritu inquieto solaz,
y un mar de frutos para el alma ajada.
Eres alivio para el ser mordaz,
dulzura para la cresta bragada
y luz para los que usan un disfraz
y una máscara con falso oro orlada.
En tu manto navego sin penurias,
En tus entrañas disuelvo mis hieles,
Y en tu carne soy azada y campesino.
Hastiado del mundo y de sus injurias,
Cansado de sus ponzoñosas mieles,
Hallo en ti, por fin, mi último camino.
Soneto del licor
Quiero de tus pechos libar la miel
del amor, y con su dulce licor
apartar de mí el fúnebre amargor
que rebosa mis grises días de hiel.
Infiel a la vida a ti te soy fiel,
mas mi cuerpo se aferra a este ocre frior
que solo el sexo húmedo de tu ardor
puede oscurecer, mujer de burdel,
y presa de este amor y su locura
borraré todo atisbo de razón
que acreciente tan maldita congoja.
¿De qué me sirve tanta fe y cordura
si puedo amando ser un gran bribón
que dé vida a un alma que gris afloja?
Es increíble, amigo lector, amiga lectora, cómo han pervivido estos sonetos en el tiempo, y cómo van a seguir perviviendo, pues estos, al no estar sujetos o constreñidos ni al tiempo ni al espacio, son de una duración ilimitada, diríase, sempiternos. De hecho, desde que Giacomo da Lentini creó el soneto en el siglo XIII, han pasado ya unos siete siglos, y, sin embargo, aún siguen escribiéndose sonetos con una fuerza renovada al que no le falta ni fuelle ni brío ni denuedo. Y es que el soneto atrapa, el soneto seduce e ilumina al intelecto con su brillo, el soneto estimula a quien lo engendra e inmortaliza a quien lo cultiva, pues es razón y corazón, sangre y llama. ¡Buen domingo!
*Doctor José Antonio Alonso Navarro: Filólogo y académico correspondiente de la Academia Paraguaya de la Lengua Española

