El sistema político en Paraguay ha consolidado, a lo largo de décadas, una estructura de poder basada en el intercambio de favores. En el centro de este esquema se encuentra el clientelismo político, un mecanismo donde el acceso a recursos públicos no depende del mérito, sino de la filiación partidaria. La manifestación más cruda de este fenómeno se observa en los denominados «salarios de oro» de la Entidad Binacional Yacyretá (EBY), donde las remuneraciones astronómicas funcionan como el combustible que mantiene encendida la maquinaria de lealtad hacia el Partido Colorado.
Esta dinámica se sostiene sobre la estructura del «Estado Empleador». En lugar de funcionar bajo una carrera civil profesional, la EBY opera frecuentemente como una agencia de empleos de lujo para la clase política. El acceso a estos cargos no se logra a través de concursos públicos transparentes, sino mediante el «cupo partidario». Aquí, el puesto de trabajo se transforma en una propiedad privada del caudillo de turno, quien lo otorga a cambio de obediencia electoral. Este esquema pervierte la función pública: el funcionario ya no sirve al ciudadano, sino al «padrino» que le consiguió el sueldo, convirtiendo a la institución en un engranaje más de la estructura partidaria.
Para blindar este sistema, se ha recurrido históricamente al argumento de la «binacionalidad» como un escudo contra la transparencia. Al alegar que la EBY es un ente compartido con Argentina, se ha intentado —y en ocasiones logrado— evitar que la entidad se someta a las leyes locales de acceso a la información pública. Esta opacidad facilita la captura del Estado, permitiendo que la nómina se infle con «asesores» cuyos ingresos superan los 50 o 100 millones de guaraníes, mientras que sectores críticos como la salud y la educación sufren carencias crónicas. Esta brecha de desigualdad es alarmante: un funcionario de cupo político puede percibir en un mes lo que un docente o un médico gana en un año, rompiendo el contrato social.
Finalmente, el daño más profundo no se mide solo en dinero, sino en el golpe a la ética del trabajo y la esperanza de la juventud. Cuando un sistema premia la complacencia y el «chupamedismo» por encima del talento, se envía un mensaje de claudicación: que en Paraguay el esfuerzo no vale; el carnet rojo y la sumisión al poder político de turno es lo que realmente sirve.
Revertir la cultura de los «salarios de oro» es una deuda pendiente para sanar el tejido social. Solo mediante la transparencia radical y la meritocracia real podremos asegurar que el conocimiento , y no la lealtad ciega, sea la verdadera llave del progreso para todos los paraguayos y paraguayas.

