viernes, enero 23, 2026
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La Bodega

Viajaba en el asiento trasero de un taxi que avanzaba con prisa hacia el aeropuerto. Yo, en cambio, iba detenido en otra velocidad, absorto en la coreografía humana que desfilaba por las calles: rostros tensos, otros luminosos, algunos aislados tras auriculares; manos que hablaban por diminutos artefactos, cuerpos que hurgaban en los cestos de basura. Todo pasaba como una película fragmentada, donde las figuras se confundían con sus vidas y con los fantasmas que las seguían.

Salir de la ciudad llevaba tiempo. Antes de alcanzar la carretera, debíamos atravesar el centro, ese territorio regulado hasta el exceso. El chófer conducía con una atención casi religiosa, temeroso de una infracción que pudiera costarle la licencia. En este país, pensé, conducir es un acto de obediencia. Quizás por eso nunca quise aprender: mis neuronas prefieren el desorden de otras aventuras antes que memorizar normas estériles.

El chófer era inmigrante; su acento lo delataba. No quise preguntarle. En su rostro había una calma profunda, como la de quien ha llegado, por fin, a un lugar sin bombas. Pensé en mi amigo Abu Sala Ibrahim, kurdo de Kurdistán, asilado en Alemania desde 2003. En la guerra no tuvo patria: los kurdos vagan sin nación, dispersos como un pueblo sin sombra. Abu Sala me había contado cómo, bajo el régimen de Sadam Husein, veía morir a los suyos como insectos, envenenados por armas químicas.

Lo conocí en una fiesta universitaria, cuando estudiaba Ciencia Política. Estaba solo, arrinconado, vencido por la timidez.

—Me llamo Ricardo —le dije.
—Abu Sala —respondió, con una leve inclinación de cabeza.

Hablamos. O, mejor dicho, escuché.

—No somos un país —me explicó—. Vivimos entre Turquía e Irak. No tenemos territorio, pero conservamos la lengua, la cultura, la memoria.

No supe qué decir. Me sentí obscenamente afortunado. Lo invité a beber algo.

—Alcohol no —sonrió—. Un jugo basta.

Unos gritos me arrancaron del recuerdo.

—¡Arschloch!
—¡Hijo de puta!

Volví al taxi. El chófer insultaba a otro conductor.

—Gente que no sabe manejar —dijo—. A veces hay que gritar para que entiendan.

Asentí en silencio.

En la autopista el mundo se simplificó: campo abierto, animales pastando, silos, alfalfa enrollada como enormes rollos blancos. A la izquierda, los autos veloces dominaban el asfalto; a la derecha, los coches modestos avanzaban pacientes detrás de camiones cargados. Un amigo los llamaba “los elefantes de la carretera”. Tenía razón.

—Llegamos —anunció el chófer—. ¿Embarque o desembarque?
—Desembarque.

Le pagué un poco más. Sonrió.

—Shokran.

Busqué el tablero de llegadas. El vuelo de Jasmin se retrasaba. Imaginé su abrazo, su voz, susurrarle palabras inútiles y necesarias. Jasmin, mi princesita sin corona.

—¡Ricardo!
—¡Ricardo, despertá!

La voz de mi madre me devolvió al presente. Estaba dormido en la bodega. Hoy mis padres celebraban su aniversario y ella me había pedido los mejores vinos.

La bodega siempre me fascinó: botellas en silencio, aguardando. Sommelier frustrado, descorché un Castillo Irache reserva 1978. Bebí solo. Excelente.

—¡Ricardo, el Malbec! —gritó mi madre.

Suspiré. Quizás otro día, a escondidas, me atreva con un Berberana antiguo.

—Ya voy, amá.

*Martin Claßen von Holstein

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