En una fría mañana de una incipiente primavera
me encontré con un conejín
raído, hambriento
y atemorizado.
No tenía zanahorias en el bolsillo,
solo algún caramelillo contra la tos;
eso le haría mal, pensé.
No tuve más remedio
que cogerlo y acomodarlo en mi maletín,
entre los exámenes de mis alumnos.
Así nos fuimos a casa, contentos.
Al llegar, le preparé una ensaladilla de zanahorias,
lechuga fresca y tomates.
Puse algunos huevos
para que los pintara
*Martin Claßen von Holstein

