domingo, febrero 8, 2026
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“Ser o no ser, esa es la cuestión”. Sí… y todos somos Hamlet

 

Querido lector, querida lectora, hoy deseo hacerte recordar en esta columna dominical un dilema (o una disyuntiva: en inglés moderno quandary) que me parece muy interesante por su apabullante actualidad, un sencillo dilema desde el punto de vista sintáctico, pero extremadamente intrincado desde una perspectiva filosófica o “existencialista”. Seguramente, ya lo habrás escuchado infinidad de veces en documentales y películas, y leído hasta la saciedad en libros de literatura y crítica literaria y, por supuesto, en una de las tragedias más duraderas en el tiempo desde su aparición en el período isabelino: Hamlet, de William Shakespeare, en su título más corto.

En efecto, Hamlet, si has abierto los ojos de par en par no me sorprende ni maravilla, amigo lector, amiga lectora, ya puedes entreverarlos un poco. Así es, Hamlet, es una de las obras más extensas (si no la más extensa) escrita por el cisne de Avon, puesto que contiene unos 4.000 versos y un léxico formado por unas 30.000 palabras aproximadamente. Hamlet es mi tragedia favorita, en especial, porque es una de las que más interpretaciones puede ofrecer (o ha ofrecido) desde el ámbito de la teoría y la crítica literaria: puede interpretarse desde la perspectiva de género, desde el punto de vista psicoanalítico, desde la versión marxista y desde el enfoque de la teoría de la recepción, entre muchas otras.

Obviamente, el tinte filosófico que impregna toda esta tragedia es innegable, pero al margen de todo ello, su actualidad reside, por encima de todo, en mostrar al ser humano tal y como es. La naturaleza humana del personaje principal que es, sin duda alguna Hamlet, es un reflejo cristalino de cómo somos los seres humanos: seres de carne y hueso, seres vulnerables, seres débiles, pecadores y pecaminosos, seres llenos de luz y de oscuridad, seres repletos de sabores y sinsabores, seres de miedos y bravuconadas y seres de múltiples tensiones y contradicciones. Es ahí donde reside y radica la actualidad de esta tragedia: en la profunda e intensa humanidad del personaje, una humanidad que no dista en absoluto de la nuestra. ¿En qué diferencia Hamlet de cualquiera de nosotros? La respuesta es: en nada. Bien es cierto que Hamlet no contaba con celulares o móviles, ni teléfonos inteligentes (anglicismo: smartphones), ni internet, ni ChatGPT, pero tenía todos esos elementos o rasgos inherentes al ser humano que conforman su materia prima y substancia principal, todo lo que hemos dicho, y tres elementos más: (1) la duda, (2) la incertidumbre y (3) la indignación. Esos tres elementos siguen cerniéndose como una sombra sobre nuestras diminutas cabezas en un universo tan vasto como infinito.

El ser humano duda, duda de todo, duda de sí mismo y de los demás, duda del mundo que lo circunda externamente y de su mundo interior, íntimo, intimista e inmanente; está condenado a sobrellevar el peso de la incertidumbre, de no saber qué va a pasar ahora y después, hoy y mañana, de no saber, cuando se va acercando su postrera hora, qué hay después de la muerte; y, además, está destinado irremediablemente a sufrir en un mundo que destaca por su injusticia, lo que causa una gran indignación y estrés, pero de eso vamos a hablar un poco más adelante.

Es difícil saber con exactitud la fecha de publicación de esta tragedia, quizá entre 1599 y 1601/1603. Realmente es difícil saberlo porque parece que se han conservado tres versiones tempranas de la obra (algunas más completas y otras menos completas). Pero eso no importa, lo importante es la presencia viva y vívida de un personaje que ha trascendido en esencia en el espacio y ha vencido en la liza imponiéndose sobre las inclemencias y vejaciones de un tiempo que no perdona. Todo en Hamlet en sí es humus y humanidad, y esa humanidad cristaliza con cada palabra que profiere, con cada paso que da, y con cada acción que acomete, y no hay ni un solo sentimiento (o emoción) propio del ser humano que no padezca, sufra, sienta o adolezca en su fuero interno o en carne propia: ama y odia, duda, se contradice y afirma categóricamente, desea el conocimiento y lo teme, es impulsivo y timorato, apasionado y reprimido, se indigna y desea actuar en consecuencia… El soliloquio famosísimo donde aparece la famosa proposición o declaración disyuntiva embozada de duda: ser o no ser, esa es la cuestión, se encuentra en el Acto III, Escena I de esta tragedia shakesperiana epónima donde Hamlet lleva a cabo una reflexión tremenda humana que todos, absolutamente todos, nos hemos hecho alguna vez en esta vida marcada por la amargura y los sinsabores avinagrados.

En dicho acto nos encontramos con un Hamlet fuertemente estresado, con altas niveles de ansiedad y de depresión que le hace plantearse un dilema que pone a consideración dos caminos muy diferentes y, por lo tanto, dos destinos diametralmente opuestos. Se trata de un Hamlet que ha colapsado debido al estrés que le ha generado toda una serie de circunstancias acaecidas en su vida: el asesinato de su padre, el rey Hamlet, a manos de su hermano Claudio, la visión del fantasma de su padre, el casamiento de su propia madre, Gertrudis, con su tío Claudio poco después de la muerte de su padre, las tensiones amorosas con Ofelia … en fin, todo un cúmulo de eventos y circunstancias que ha hecho que Hamlet se derrumbe emocionalmente y se plantee la búsqueda de una solución rápida y acuciante a su sufrimiento, aflicción y dolor. Si se quiere: melancolía, término que se usaba para la depresión clínica en la Europa del siglo XVI. Querido lector, querida lectora, ¿recuerdas el célebre y sonado fragmento? Permíteme que te refresque una parte del mismo en inglés y en español:

En inglés

To be, or not to be, that is the question:
Whether ‘tis nobler in the mind to suffer
The slings and arrows of outrageous fortune,
Or to take arms against a sea of troubles
And, by opposing, end them. To die: to sleep;
No more; and by a sleep to say we end
The heart-ache and the thousand natural shocks
That flesh is heir to, ‘tis a consummation
Devoutly to be wish’d. To die, to sleep;
To sleep: perchance to dream: ay, there’s the rub;
For in that sleep of death what dreams may come
When we have shuffled off this mortal coil,
Must give us pause: there’s the respect
That makes calamity of so long life;
For who would bear the whips and scorns of time,
The oppressor’s wrong, the proud man’s contumely,
The pangs of despised love, the law’s delay,
The insolence of office and the spurns
That patient merit of the unworthy takes,

When he himself might his quietus make
With a bare bodkin? who would fardels bear,
To grunt and sweat under a weary life,
But that the dread of something after death,
The undiscover’d country from whose bourn
No traveller returns, puzzles the will
And makes us rather bear those ills we have
Than fly to others that we know not of?
Thus conscience does make cowards of us all;
And thus the native hue of resolution
Is sicklied o’er with the pale cast of thought,
And enterprises of great pitch and moment
With this regard their currents turn awry,
And lose the name of action.
(…).

En español

Ser, o no ser, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los embates penetrantes de la fortuna atroz, o alzarse en armas contra este piélago de calamidades y, al enfrentarlas, ponerlas fin de una vez por todas? Morir, dormir, nada más, y al dormir decir que ponemos fin a las aflicciones y a todas las cuitas naturales que son patrimonio de nuestra carne… Este es un final que deberíamos anhelar con todo el corazón. Morir, dormir, dormir… acaso soñar: sí, y ahí reside el problema, porque en ese sueño mortal los sueños que vengan cuando nos hayamos deshecho de este fardo mortal nos han de frenar: ahí está la razón que hace que nuestra desdicha dure toda una vida. ¿Quién, entonces, soportaría los estragos y menoscabos del tiempo, los agravios del tirano, el desprecio del soberbio, el dolor del amor no correspondido, la lentitud de los tribunales, la insolencia de los funcionarios, y los desdenes que reciben de los indignos quienes son más dignos de respeto, cuando podría procurarse el descanso eterno con tan solo un puñal?¿Quién habría de soportar, pues, tantas adversidades, gimiendo y sudando bajo el peso de una vida fatigosa,
si no fuese por el temor de que hay algo después de la muerte, ese país desconocido de cuyas fronteras ningún viajero ha regresado,
que hace que nuestra voluntad se confunda y suframos, por el contrario, todas esas penurias en lugar de ir en busca de otras que nos son desconocidas? Ser consciente de ello nos hace a todos unos cobardes, y de este modo, el color natural del arrojo es segado por la frágil apariencia del pensamiento y las más altas empresas, al considerar esto, se desvían de su sendero y acaban flaqueando.

Pero qué quiere decir eso de “ser o no ser, esa es la cuestión”, proposición que ha generado, a su vez, dudas y respuestas erróneas o malas interpretaciones. En gramática “ser” es un verbo copulativo que expresa identidad, cualidad o estado de algo o alguien. En filosofía, el “ser” se refiere a la existencia de las cosas. Parménides sostuvo que el “ser es uno e inmutable”, y que el cambio es ilusión; Aristóteles distinguió entre el “ser” en el sentido de la “esencia” y el ser en el sentido de “la existencia”, añadiendo que el ser se entiende a través de las cuatro causas: material, formal, eficiente y final. Heidegger se enfocó en la noción de “ser-en-el-mundo”, esto es, la manera en la que el ser comprende está vinculada a la experiencia humana en el mundo, no como algo abstracto, sino como una experiencia concreta en un tiempo y espacio determinados. Hegel, sin embargo, entendía el “ser” como algo que se despliega a través de un proceso histórico, en el que se desarrollan las ideas y la realidad misma. Sartre habló del “ser-en-sí”: la existencia de las cosas tal como son, y el “ser-para-sí”: la conciencia humana que se refiere a sí misma.  Hamlet, al proferir el dilema ser o no ser, esa es la cuestión, está planteándose “a gritos” si vivir o morir, esto es, si merece la pena continuar en este mundo horrendo colmado de males y penurias o, por el contario, morir de una vez por todas y terminar con un sufrimiento que ha durado en esta vida demasiado tiempo ya. Acaso, querido lector, querida lectora, ¿no te has sentido nunca como Hamlet, tentado de tirar la toalla, de mandarlo todo al cuerno hastiado y asqueado de los males y desgracias de este mundo y de los muchos desgraciados que lo colman?  Si te das cuenta y lo piensas un poco, tales desgracias y tales desgraciados no han cambiado nada. Reflexionemos un poco acerca de esto que acabo de decir. Hamlet, prácticamente cráneo en mano y daga en la cintura, comienza a despotricar contra los estragos del tiempo que todo lo corrompe y marchita. ¿Quién no ha despotricado contra el tiempo en pleno siglo XXI por la rapidez de sus efímeros pasos? No sé si te ha pasado a ti en algún momento, mi querido lector, mi querida lectora, pero yo tengo la sensación de que el tiempo, ¡qué extraño esto!, pasa cada vez más rápidamente. ¡Pasa volando!

Quizá esto está relacionado con el hecho de que los poderes fácticos de este mundo no paran de llenar nuestras vidas con dispositivos tecnológicos que solo hacen que nos ocupemos de cosas insustanciales y no de cosas que realmente son importantes en nuestras vidas. Al final, cuando te das cuenta, has regalado lo mejor que uno dispone, que es precisamente el tiempo, que tan deprisa se manifiesta, en prácticas y actividades tan anodinas como insignificantes hasta que ya es demasiado tarde y te viene a la mente eso de: tempus fugit cuando ya te han arrojado a la huesa o están a punto de hacerlo. Después, el joven príncipe arremete contra los tiranos. Ajá, ¿cuántos tiranos rigen nuestras miserables vidas en el siglo XXI? No hace falta mencionarlos: tiranos que abrazan la muerte, no la vida, tiranos que se inclinan al odio, no al amor, tiranos que fomentan la guerra, no la paz, tiranos que agreden a otros países para arrebatarles sus recursos y su dignidad, y no para darles ni estabilidad política ni económica ni mucho menos para ayudarlos a prosperar, tiranos que amenazan y no dialogan, tiranos que insultan y no encomian las ideas de su vecino, tiranos que ladran y no hablan… ¡Vaya mundo este! Y si Hamlet tuvo que mirar a los ojos al soberbio sin quererlo, ¿a cuántos de ellos tenemos que mirar nosotros todos los días en el siglo XXI? La soberbia, sostienen los teólogos, es el peor de los pecados porque es el que enciende la llama de todos los demás. La soberbia, además, es proporcional a la ignorancia que cargan en sus fardos y fardeles aquellos que la saborean a su gusto y la exhiben a diario por doquier. Y si hablamos del amor no correspondido, bueno, pues ¿quién no ha bebido de ese licor tan amargo cuyo regusto aún perdura en nuestros labios? Sí, el amor no correspondido no se olvida tan fácilmente y deja huella: la huella del dolor, la huella de la esperanza frustrada, la huella de un futuro quebrado, y la huella de una ilusión perdida que, quizá, ya no ha de volver jamás.

En cuanto a la lentitud de los tribunales, de la ley o de la justicia, mejor ni hablemos. Eso, como ves, mi querido lector, mi querida lectora, no ha cambiado. La justicia sigue tan lenta como antaño, al menos, claro está, para aquellos que carecen de dinero y de medios, para el común de los mortales, para el ciudadano medio de a pie y de medio pelo, en fin, para los desgraciados como todos nosotros que se ganan el pan nuestro de cada día con el sudor de su frente nítida y clara, y no a través de ardides, tejemanejes y argucias. La justicia no es, mi querido lector, mi querida lectora, para el pobre, es para el rico que puede pagarla, nada más, y quien diga lo contario, o es un joven idealista (y lo perdono) o un necio (y lo denuesto). Y ahora vienen los funcionarios, ay, ay, esa casta de “trabajadores” que se repantigan a sus anchas en sus poltronas rascándose la barriga a costa del “papá” Estado.

Yo no digo que todos los funcionarios sean así, claro, que no, no sería ni justo ni respetuoso ni cierto, ni lo creo, pero, los que yo he visto con el paso del tiempo se han movido menos en sus funciones que un palillo de dientes en una boca desdentada, y encima, si te quejas de ellos, de esos que trabajan menos que un buccino, se muestran tan insolentes como impertinentes. O si no, que se lo pregunten a Hamlet. Finalmente, están los indignos que, sin tener mérito, alguno, sin haber hecho nada por granjearse el respeto o la consideración de los demás, insultan, agreden, desprecian a aquellos que sí son dignos de respeto y de la más alta estima. De esos hay muchos también en nuestro tiempo. Querido lector, querida lectora, ¿quién no ha querido alguna vez, como Hamlet, harto de toda esa ralea malsana y de las desgracias constantes que aparecen en la vida poner fin al sufrimiento de propias manos? Y es que todos somos Hamlet, y es que la vida sigue siendo la misma, y el ser humano sigue revestido de esa misma sustancia que, por naturaleza, no ha cambiado, sigue sin cambiar, y probablemente, nunca va a cambiar hasta que desaparezca la soberbia y venga la humildad, hasta que el tirano se extinga y venga un hombre nuevo y renovado, hasta que detengamos el tiempo valorándolo en su justa medida, y hasta que la justicia sea una sola y para todos por igual, para TODOS, sin excepción.

Y si no ponemos fin a esta vida de dolor en este mundo no es porque nos detenga el seso, el tino, el juicio o la razón, sino primero, la cobardía ante un acto que requiere de denuedo, brío y valentía, y segundo, ante la incertidumbre de no saber qué hay más allá de esta vida, nadie lo sabe con absoluta certeza, ni el más ateo ni el más devoto creyente ni nadie. Sí, todos hemos sido alguna vez, somos, o seremos Hamlet.

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