InicioOPINIÓNFascismo corporativo: nuevo orden político y social en el Paraguay

Fascismo corporativo: nuevo orden político y social en el Paraguay

Uno de los pilares fundamentales de esta corriente es, y lo fue desde sus inicios, el control del Estado a través de sus instituciones, el adoctrinamiento de las masas mediante la propaganda manipuladora y la captura de voluntades, dinero o miedo de por medio.

Hoy vivimos un nuevo sistema fascista, el corporativo, donde los grupos de poder instalan sus administradores utilizando el sistema democrático representativo y de «libres» elecciones. Los partidos políticos no son más que el medio para alcanzar el fin, y las doctrinas son «slogans» de campaña, letras muertas al momento de acceder al poder. Nuestro fascismo criollo aprovecha las inmensas necesidades de ciertos sectores, la escasa preparación intelectual del pueblo y el fácil olvido de pecados y pecadores.

Las corporaciones, verdaderos dueños del país, cambian de color o ideología en función del momento histórico. Poco importa quién gobierne; ese es un detalle menor frente a los grandes intereses transpartidarios o transideológicos.

Hoy, el fascismo contemporáneo le toca ejercer al coloradismo, pues supieron cuándo y a quién alquilar su institución política: al mejor postor. Consolidado el primer paso, siguió la instalación de un gerente general vendido por monedas y poder, precio justo para los codiciosos e inmorales. Luego, se procedió a la estructuración de la gobernanza con un parlamento mayoritario, destacado por su escasa preparación intelectual pero de rígido verticalismo. Un colegiado de legionarios y agentes que odian el debate e imponen sus ideas a la fuerza, porque de otra manera no existen.

Apoderados de los recursos de los ciudadanos y del Estado, mantienen un ejército no de camisas «pardas», sino de prebendarios y obsecuentes, todo eso con la seducción del dinero público. En el fascismo cartista se promociona el culto al dinero y al poder a través del Estado. Se ejerce la violencia legítima y todo tipo de arbitrariedades con legislaciones en un sistema judicial a medida. El garrote parlamentario calla a los disidentes, protege prostitutos, delincuentes condenados o analfabetos funcionales, sin pudor ni rubor.

Promocionan la filosofía de la corrupción como medio legítimo del progreso individual y el estatismo como el mejor camino del desarrollo colectivo. Con atisbos de libertades y democracia, condimentados con programas populares de fuerte componente socialista, nos hacen creer que vivimos en una república en pleno estado de igualdad y derechos. Claro, mientras no se vean afectados sus «derechos» o las igualdades administradas según sus conveniencias, todo bien. De lo contrario, hacen uso del autoritarismo totalitario en su expresión sutil o cruel; da igual.

El fascismo republicano no es un sistema estructurado por el pueblo o la ANR, sino por una élite política, intelectual y empresarial que, a través de la República como herramienta administrativa, se apodera de un país entero: de su potencial energético y productivo, de todos los sectores de una sociedad apática y conformista. Administra las libertades, la vida y las propiedades de los individuos, de parte de su producción, confiscando sueños e hipotecando el futuro de millones de paraguayos, llevándonos a un crepúsculo vespertino sin retorno.

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