La cocina
Esa mañana el día estaba radiante, con un sol que invitaba a dar un paseo por algún parque. El frío no me lo permitía, pues, a pesar del sol, la temperatura no subía de los dos grados Celsius. Mi cuerpo aún no asimila bajas temperaturas, a pesar de haber estado conviviendo con el frío por mucho tiempo. Decidí quedarme en casa, arreglar mi habitación y ponerme al día con la montaña de ropas arrugadas que tenía guardadas en el armario.
El vivir solo me ha hecho un poco perezoso para algunas tareas que, en mi cultura machista —no es mi culpa—, solo son propias para el sexo femenino, pero con el correr del tiempo he aprendido a valerme por mí mismo; hoy por hoy, soy un multitalento: puedo cocinar, limpiar, planchar, corregir deberes e incluso tararear una canción, o quizás dedicar unos minutos para pensar cómo arreglar este mundo.
—¿Qué comemos hoy?
—Y, no sé, a ver qué hay en la nevera.
—No puedo comer mucho, debo cuidar mi silueta, por lo tanto, una ensalada verde no me vendría mal.
—Corto las lechugas y tú cortas los tomates.
—¡Hecho!
Así nos pasábamos discutiendo a ver a quién le tocaba más tareas para preparar una deliciosa ensalada.
La miraba de reojo cómo cortaba los tomates; delicada y suave. El cuchillo se deslizaba suavemente por la piel de los tomates, haciéndolos reventar hasta explotar sus jugos. A veces se llevaba los dedos a la boca y se los chupaba, lanzaba un gritillo picarón. Vaya imágenes que pasaban por mi mente; si Freud viviera, ¡puff!, terminaríamos los tres en un diván. Estaba recién bañada y fresca; aún su pelo estaba mojado y algunas gotas atrevidas se deslizaban por su cuerpo, gotas picaronas que se metían donde estaba prohibido. El contacto del líquido frío con sus senos erizaba sus pezones en la transparente blusa blanca que llevaba. Se divertía y se sentía deseada; sabía que yo no me concentraba en cortar las lechugas; me salían trozos muy grandes y mal cortados.
—¡Listo!
Ese grito, un poco eufórico, me devolvió a la realidad.
—Bueno, gracias.
—De nada.
—Sentémonos a comer.
Disfrutamos de la ensalada verde que con gusto habíamos preparado y luego tomamos unas copas de jugo de naranja. Era una mañana, de esas en las que uno tiene muchas ganas de sentirse persona, de abrazar a la gente, de ver a los niños pateando una pelota, o simplemente mirar a la gente y descifrar sus mundos.
Como era sábado, día no laboral, por lo menos para mí, decidimos salir del piso. Me convencí de que quedarme en el piso no era muy buena idea y decidí dar un paseo por el parque que está cerca de mi casa.
La brisa fresca liberaba mis pensamientos. Me venían recuerdos de mi juventud, de mis años juveniles, de Ana, una hermosa niña de ojos claros que siempre iba a mirarme cuando, con los amigos del barrio, jugaba fútbol en la canchita de mi barrio. ¿Qué habrá pasado de ella? Recuerdo una vez que me pasó la pelota y aproveché ese momento y le dije que era la chica más hermosa del barrio. Ella regularmente iba; allí estaba, sentadita en el pasto, haciendo porras a nuestro equipo. Luego iba de vez en cuando, hasta que finalmente no apareció más. Admito que me dejó un sabor agridulce esa separación. ¿Qué hubiera pasado si hubiera ido regularmente? Hubiéramos alcanzado la adolescencia juntos, y vaya a saber si hubiéramos descubierto juntos el mundo.
Pero bueno, la vida no la hacemos nosotros, por lo tanto, el mundo sigue su propio rumbo y ritmo.
Caminamos juntos por el parque, cada uno con sus pensamientos, absortos, concentrados y rememorando historias pasadas, lanzando a veces alguna sonrisa por cada recuerdo que se cruzaba por nuestras mentes. No hablábamos para no decirnos cosas que pudieran afectar ese momento. Estaba a veces pensativa, como preocupada, indecisa, como no pudiendo encontrar una salida a algo. Recuerdo que una vez me había contado los problemas de su casa, de su padre, de su madre: enfermos y casi inválidos. ¿Sería ese el motivo de su mutismo? Siempre contaba que tenía cadenas muy pesadas, que no las podía cortar. Por lo menos, creo que yo le había dado algunas ideas para salir de esa esclavitud; no sé, eran solo mis pensamientos. Quizás estaba pensativa por ese amor que le había marcado; le costó mucho recuperarse, pero lo logró; o quizás simplemente disfrutaba de mi compañía, en silencio, sin aventurarse siquiera a indicarme que ella lentamente se acercaba a mí; para ser franco, nunca me había dado cuenta.
Nos quedamos un rato en el parque jugando con los perros que estaban allí. Nunca voy a entender por qué los pobrecitos canes se vuelven locos por atrapar la pelota para luego devolvérsela a su amo. ¿Será esa fidelidad innata canina?
—Tengo que hacer algunas cosas esta tarde.
—¡Yo también! —contesté.
Nos despedimos con un casto beso en las mejillas y un abrazo fraternal; me hubiera gustado que fuera algo diferente, pero no lo sentí así. Aunque noté que se había puesto un poco colorada al abrazarme.
Se fue caminando hasta la salida del parque y yo me quedé jugando con los perros. Me quedé con las imágenes del jugo de tomate reventando en cada corte que ella le daba a esa deliciosa verdura.
No hay mucho tiempo en este mundo muy ocupado. Espero que, para la próxima, no solo se quede para una ensalada verde, sino para amasar juntos algunas empanadas.
*Martin Claßen Von Holestein

